Hace unos días, charlando con un amigo, nos dio por meditar sobre la fugacidad de la vida, así como del papel desempeñado por el hombre.¿Cuál es el sentido de la vida? Desde el inicio de los tiempos, esta cuestión ha atormentado las mentes humanas.
- Desde un punto de vista 'animal', se podría afirmar a bote pronto: «asegurar la continuidad de la especie, vía reproducción».
- Los acólitos de Baco-Dionisio, haciendo apología de lo sensorial, aseverarían: «el goce y disfrute de los sentidos».
- Nuestro maestro Zen, recién llegado de la Cochinchina disertaría tal que así: «no cabe duda: aprender a morir».
- Nuestro entrañable párroco, abogaría por «el crecimiento moral y/o espiritual».
El resto de ciudadanos del siglo XXI, ¿qué podríamos aportar al esclarecimiento de esta terrible duda existencial? Desde luego, ciñéndonos al análisis de los hechos, que no de nuestras palabras, la vida consistiría en un fugaz lapso de tiempo, cuya mayor parte empleamos en trabajar, descansar y satisfacer otras necesidades más perentorias.
El objetivo del trabajo hoy en día, eliminando la obviedad de la sustentación, estriba en la adquisición de una cantidad inconmensurable de objetos materiales, con los que llenar nuestro espacio-tiempo en busca de esa entelequia llamada felicidad.
Craso error, pues dicha estrategia de adquisición-posesión lleva a un punto de no retorno: una vez puesto en marcha el mecanismo, se convierte en un perpetuum mobile. Me explico: la gente, por regla general, detesta trabajar; pero esa actividad consumista conduce inexorablemente a trabajar más para así satisfacer nuestras ansias de adquisición-posesión. Por tanto, es evidente que este mecanismo retroalimentado nos aleja cada vez más del objetivo inicial perseguido.
¿Algún remedio para enmendar semejante falacia? Una vez más, la sabiduría popular, siempre tan certera, aseguraba hace ya mucho tiempo que «no es rico quien mucho tiene sino el que poco necesita». Efectivamente, algo de razón posee esta sentencia: no hay más que observar a nuestros mayores, que pese a las penurias padecidas pocas veces ha abandonado la sonrisa el rictus de su cara.