No debe pillar por sorpresa que el homenaje a Slobodan Milosevic el sábado en Belgrado congregara a 50.000 personas, sino que debe ser un toque de atención muy serio de las debilidades de los cambios que se propugnan desde Occidente pero que después se quedan en penurias y privaciones.
Ocurre algo parecido con Rusia. Con el mandato de Boris Yeltsin, muchos rusos echaban de menos el régimen soviético porque, al menos, tenían calefacción en casa, vodka y unos rublos asegurados. Ése es el gran desafío de la democracia, del Estado de Derecho, de las libertades y, sobre todo, de la economía de mercado: responder a las expectativas más primarias de los ciudadanos.
Quien sabe muy bien esta lección es Alemania. Muchos pensaban que la unificación sería una tarea mucho más sencilla de lo que en realidad ha resultado. Ni siquiera la locomotora de Europa pudo satisfacer el sueño de los ciudadanos del este que vieron durante años la televisión occidental con sus coches de lujo, su consumo desmesurado, sus modelos bellísimas en carísimos vestidos y una vida de bienestar idílica con libertad y democracia. El paro y la crisis económica que sufre todavía Alemania es el mejor ejemplo para que los políticos moderaran sus promesas retóricas hacia pueblos oprimidos y subdesarrollados. El incumplimiento de las ayudas provoca un sentimiento de rencor, frustración, ciudadanos desencantados que terminan echando de menos su estatus anterior.
En Serbia ocurre algo parecido. Siempre hay quien intenta atizar ese fuego. También ocurre con Bosnia-Herzegovina y otros países a los que se presiona para seguir el modo de vida occidental pero cuando llega el momento de hacer realidad las inversiones comprometidas y los planes de desarrollo se busca una excusa para justificar el incumplimiento. No se trata de que Occidente se convierta en niñera universal, pero sí que no deje en la estacada a países como Serbia o Bosnia, porque al final los ciudadanos preferirán la dictadura anterior, aunque sea con orgullo nacionalista y un poco de calor en invierno, en vez de una democracia imperfecta con paro, desilusión y la única obsesión de sobrevivir con cierta dignidad. Si salieran ahora las tropas internacionales de Bosnia, habría guerra en pocos meses.
Es el desafío de la democracia, que no se malogre en manos paradas, estómagos semivacíos y casas congeladas. Si no, muchos se acordarán siempre del dictador.