ES una pena que tratemos tan mal a los caminos, esas vías trazadas más para unir que para separar, mejor para amar que para odiar. El jueves me encontraba tempranero en el archivo municipal de mi pueblo leyendo documentación sobre ferias y mercados antiguos. Poco después, al ir a comprar Diario LA RIOJA, me topé con otra feria y otro mercado, el de la bomba. El personal comentaba que no podíamos acercarnos a Logroño por la carretera habitual; hubimos de llegar por otra. El explosivo, según se ha sabido, estaba oculto exactamente en el paraje donde confluyen dos Caminos Franceses o de Santiago, el anterior al siglo XIII y el que luego hemos conocido como Camino Viejo de Logroño.
Mientras nos dirigíamos, entre comentarios de viajeros, a la capital, pensé en la variopinta vida de ese camino-puente por donde han transitado berones, romanos, castellanos, navarros, franceses, fusilados de la Guerra Civil, cerca de donde hoy quiere obrarse un campo de golf; recordé a Nazario Navarro Villoslada, paisano mío que escoltaba el correo en 1835 y fue abatido por los carlistas y arrastrado por el camino de Perizuelas (poblado que visitaban los obispos de Calahorra) hasta Moreda; rememoré la cruz de Rufo Crespo, el arriero que fue encontrado inerte junto a sus ganados en 1865 a un tiro de piedra de donde ahora han colocado el artefacto (cruz rota y dispersada por no sé quién, que hubimos de traer al pueblo). Pero también me vinieron a la mente las cuadrillas de segadores que venían a contratarse; los niños que bajaban ilusionados a ver un pueblo mayor que el suyo en el que les compraban barquillos; los vinateros que se anunciarían en la guía (historia, arte, comercio, 1897) de la capital; artistas que provenían de Pamplona y Estella; preñadas a espigar junto a la finca de la bomba; viajeros a las ferias de San Mateo, Nájera, Santo Domingo; carreteros calandrianos a la estación de tren, con remolacha que, según mensaje cantado, se comían el peso y la basculilla. Créame usted que habita mucho más en mi alma esta segunda parte.
Mientras miro la fotografía de unos peregrinos ornados con cariconchas de paz que se internan en La Rioja amparados por la Guardia Civil, medito en que, después de tantos siglos, ya es hora de que los humanos nos sirvamos de este Camino únicamente para lo que fue concebido por aquellas gentes de buena voluntad: para conocernos y querernos más y mejor.