Tras subrayar «la identidad cristiana y eclesial de la cadena», los «compromisos profesionales y éticos» que recoge el ideario de la COPE subrayan su apuesta por el «rigor y la calidad profesional», «el servicio a la verdad, con espíritu de convivencia y criterio independiente», la «promoción de los valores del humanismo cristiano», y su afán de «servicio a la España democrática y a su configuración autonómica». Sin embargo, no pasa un solo día sin que la COPE, en su actuación, se desdiga de sus propios principios. La legítima y siempre necesaria crítica a la acción de un gobierno o de cualquier instancia de poder no pueden llegar a comprometer la política exterior de España o a despreciar a un mandatario electo de otro país amigo como ocurrió con el presidente Morales de Bolivia. Los hechos no pueden ser narrados procediendo una y otra vez a la tergiversación, la exageración y el insulto a sus protagonistas, incluidos los representantes de la Monarquía constitucional o quienes ostentan cargos derivados de la soberanía popular.
La lógica y saludable liza periodística o empresarial tampoco puede conducirse por los caminos de la descalificación, la inquina maledicente y el improperio hacia otros profesionales o grupos de comunicación. La COPE, como cualquier empresa periodística, es muy libre de orientar su programación, de fijar sus contenidos editoriales y de confiarlos a unos u otros profesionales. Pero ni la cadena ni sus editores y propietarios -todos los obispos españoles- pueden eludir la responsabilidad empresarial, periodística y moral en que incurren al propiciar este estado de cosas y hacer caso omiso al malestar y a las razonadas críticas que suscita.