Es el hombre en activo con más ochomiles a cuestas: 21. Es un mito. Ostenta un montón de récords de montaña, los suficientes como para tener el ego cubierto muchos años y marcarse unos cuantos faroles al mus con los colegas. Y entre envido y órdago, sobra comentar que es un tipo de lo más campechano. La misma naturalidad exhibe cuando sube una montaña que cuando explica lo que significa quedarse sin dedos, unos apéndices que, a veces nos molestan dentro de los zapatos y que hay que cortarles las uñas, unos trozos de nosotros mismos que él tuvo que dejar en un quirófano por pasarse de la raya en el confín del mundo, en el Himalaya.
Ahora, mientras 'calienta' muñones prepara una nueva escalada al Yalung Kang para el 27 de marzo, en la punta oeste del Kangchenjunga, un pedrusco de 8.500 metros. «Quiero ver cómo me comporto», anunció ayer en Logroño el montañero.
Durante su periodo de convalecencia -ha ascendido al Aconcagua para entrar en calor- ha tenido tiempo de preparar el montaje de un vídeo y de volver locos a los fabricantes de botas de montaña dada su nueva horma. «El 30 de marzo cumplo 50 años y con esta expedición sería un broche muy bonito». Dicho así parece un punto y final, pero no. «Será la última montaña, pero ya no es lo mismo. Ya con 48 años me tenía que rodear de gente que me arropara. Tipos preparados, fuertes. Lo que hice yo al principio ahora me toca a mí. Lo que siento es que si me comporto mal, si no voy, no me cabrearé, pero si no pudiera subir sería la primera vez que no lo hiciera. Siempre que he estado en una expedición y hemos hecho cumbre, siempre he estado arriba y si Juanito no ha subido es porque era imposible. Estoy expectante por ver qué pasa», comentó.
Para este hombre que no entiende las estaciones como un tipo normal, sino que organiza su vida en función del monzón, su próximo desafío no es con la montaña, sino consigo mismo y lo entiende con una naturalidad extraordinaria: «Yo creo que tengo un curriculum -lo relata y da para largo- importante y que ya puede ser suficiente».
Conflicto
Para una persona del talante de Juanito Oiarzabal, hablar de los problemas de uno mismo es algo que supone un esfuerzo añadido. Es decir, Oiarzabal se puede pasar horas hablando de cómo organizar una expedición, cómo realizar una aclimatación a la altura, cómo vivaquear... De todo eso hablará hoy en el Ayuntamiento apoyado por un audiovisual de 55 minutos que se proyectará en el Ayuntamiento de Logroño, con la colaboración de Caja Laboral. Le fastidia mostrar y explicar cómo le tuvieron que amputar los dedos de los pies. A pesar de todo, mostrará media docena de fotos «duras» sobre las consecuencias de una exposición prolongada en la nieve. «Yo era un candidato a congelarme. Ya en el 96 tuve un principio severo. No dejé pasar el tiempo para recuperar tejidos y el hecho de subir sin oxígeno te deja sin calefacción», citó.
«El caso es que, entre coronar y bajar el K2, me pasé 25 horas expuesto. Me quedé ciego. Estaba mal hidratado. Me buscaron y me encontraron. Vallejo me bajó. Les estaré siempre agradecido. Nadie había hollado el K2 desde hacía tres años. Era el cincuentenario de la primera ascensión. Creo que pasamos el límite de lo coherente. Abrimos vía y luego subieron muchos más, hasta entonces, nadie lo había hecho».