Más hechos y menos palabras
Las agresiones bélicas, las torturas, las lapidaciones, las violaciones, el tráfico y el asesinato de mujeres, y otras muchas vulneraciones de los derechos de las mujeres son prueba de la magnitud de la injusticia social y de las perversas desigualdades de un mundo globalizado (...). A la violencia física se suma la explotación económica. A pesar de que cargamos con la mayor parte del trabajo, las mujeres sólo poseen el 1% de la riqueza mundial (...). Como reconocen todos los organismos internacionales de ayuda al desarrollo, lo más eficaz es dar educación y posibilidades de elección a las mujeres (...).
Las mujeres se encuentran a menudo con un «techo de cristal» que limita drásticamente nuestra equiparación con los hombres, sobre todo cuando se trata de acceder a puestos de liderazgo político, económico, social o intelectual. La igualdad puede quedarse en un término vacío de contenido si no se refleja tanto en los derechos como en los hechos (...).
Conciliar la vida familiar y laboral no significa que nos reduzcan la jornada laboral sólo a las mujeres para poder compaginarla con el trabajo doméstico; es necesario que los hombres se corresponsabilicen de los cuidados familiares y domésticos de manera paritaria. Para ello, se necesita educar en igualdad, solidaridad y justicia en todos los niveles educativos.