El Villarreal fue una caricatura, sobre todo en la primera mitad. Salió encogido, miedoso, seguramente aturdido por la suma importancia del duelo. Tampoco se esperaba quizá una puesta en escena tan notable como la del Rangers, un clásico con menos fútbol, pero con más nombre y experiencia continental.
El 'submarino amarillo' retrocedió más de la cuenta en el arranque, no encontró entonces la brújula de Riquelme y se dejó dominar por los animosos protestantes de Glasgow, sabedores de que necesitaban marcar para soñar con los cuartos. Un disparo del belga Buffel que desvió Viera ya hizo presagiar que tocaba sufrir a la parroquia local.
Gol amenazante
En efecto. En la segunda llegada visitante, a los once minutos de juego, al cancerbero uruguayo se le escapó un balón absurdo que ponía el gol en bandeja danés Lonvenkrands, que aprovechó el regalo para marcar. Mal asunto, sobre todo porque el Villarreal no mostraba capacidad de reacción y cada vez parecía más acogotado.
Es cierto que atrás no volvió a sufrir en toda la primera mitad, pero también que mostró incapaz de pisar el área de Waterreus hasta los 40 minutos. Entonces, Forlán desperdició una ocasión pintiparada, ya que lanzó al muñeco holandés en un mano a mano que, a estas alturas de la película, no se puede perdonar.
Esa acción animó al Villarreal, que justo antes del descanso reclamó un penalti de Murray sobre Senna de esos que existen con el reglamento en mano, pero apenas se pitan por Europa, y más en la 'Champions'.
Listo Pellegrini
Pellegrini anduvo listo y presto. No esperó más y decidió revolucionar el partido en el descanso al hacer un doble cambio netamente ofensivo.
Prescindió de Venta y José Mari y apostó por la clase Font y el oportunismo del mexicano Guille Franco. Y acertó de pleno porque su equipo tuvo algo más más presencia y balón.
A Riquelme le bastó una aparición para cambiar por completo el panorama. Vio de maravilla el desmarque de Forlán y el pase de la muerte del charrúa lo culminó Arruabarrena, tras rozar de tacón Franco. A partir de ahí, el Rangers tuvo que atacar, casi a la desesperada, y el Villarreal careció del aplomo suficiente para sentenciar en contragolpes aislados.
Franco tuvo la mejor ocasión, pero de nuevo Waterreus estuvo soberbio. No cabía otra que padecer hasta el final y encoger el corazón cuando Boyd, poco después de entrar al campo, le pegó a pie cambiado delante de Viera, que despejó casi todo pero no detuvo casi nada.