Escribo entorno al ya celebrado día de San Valentín. La jornada se presta al sentimentalismo y a la explotación comercial, pero también a la reflexión sobre la realidad de lo que llamamos 'amor'. Rodeados de dulces con forma de corazón, de flores y regalos, podemos plantearnos cuál es el contenido que damos al término. En el amar nos va la vida. Intuimos que la vida de cada persona vale lo que valen sus amores, así que la cuestión no es superflua. Nos importa reconocer la dignidad del amor y acertar a darle en nuestra vida la hondura y amplitud que puede alcanzar. Interesa sacarle el brillo que le corresponde. Muchos pensadores y, sobre todo, muchas buenas personas, nos pueden dar pistas. El Papa ha planteado el tema en su reciente encíclica y ha buscado luz en la filosofía, en la teología y en la vida de los santos.
Susana Tamaro describió en la novela Donde el corazón te lleve las preocupaciones de una madre sobre el empobrecimiento de la vida amorosa de su hija: «Aunque nunca le impedí nada, ni jamás la critiqué de ninguna manera, me sentía más bien perturbada por esa repentina libertad de sus costumbres. No era tanto la promiscuidad lo que me chocaba, como el gran empobrecimiento de los sentimientos. Caídas las prohibiciones y la unicidad de la persona, había caído también la pasión».
Ese empobrecimiento de la vida amorosa ya había sido denunciado por Ortega y Gasset. Frente a las teorías de Stendhal, Ortega consideraba el enamoramiento como un proceso que puede llevar o no al 'amor'. Más apasionamiento no implicaría necesariamente más amor. «El amor es operación mucho más amplia y profunda, más seriamente humana, pero menos violenta».
Lo que anhelamos y celebramos el día de los enamorados es más que un simple deseo de satisfacción: es el amor que saca lo mejor de uno mismo y une a la otra persona. Es mucho más que un frío dato biológico. Escribía Allan Bloom: «Kinsey y Freud, que parecen tan diferentes, uno risueño u el otro melancólico, uno abordando la conducta sin rodeos, el otro concentrándose en lo que considera los orígenes profundos y oscuros de la conducta, parten de una misma visión de la naturaleza donde el sexo es sólo sexo». Es tarea genuinamente humana buscar lo que en el amor hay de anhelo de belleza, de dulzura, de sentido, de afán de eternidad.
La reflexión sobre el amor no nos es lejana ni superflua. Consideramos la experiencia amorosa como la más importante de la vida. Nuestros amores configuran nuestra entera existencia personal. Es normal que centremos nuestra atención en el amor y lo hagamos tema de conversación y de estudio. De este modo nos comprendemos mejor a nosotros mismos, y somos más capaces de orientarnos en la búsqueda y la entrega del amor.
El Papa Benedicto XVI ha querido dedicar su primera encíclica al tema del amor en toda su amplitud. Escribe como quien conoce la historia de las ideas clásicas y contemporáneas; pero lo hace primordialmente como portavoz de los que han encontrado en Jesús el amor que Dios nos tiene. Está convencido de que Jesucristo desborda las expectativas más profundas del corazón de las personas sin negar nada de lo genuinamente humano.
Afirma que el cariño familiar, la amistad, el amor universal al prójimo y el enamoramiento entre varón y mujer, alcanzan toda su altura y profundidad cuando beben en su fuente: el Amor que Dios es. Recuerda que el apasionamiento y el entusiasmo del enamoramiento cuajan en amor personal cuando se integran la dimensión corporal y espiritual, el sentimiento y la libertad, la labor ascética y la pasión. Considera que en el amor se integran dos momentos que acaban por remitir el uno al otro: quien busca la felicidad, la encuentra al ocuparse de que la alcancen los demás; quien piensa en los otros, se descubre a sí mismo; quien se entrega a ellos, encuentra valiosa su vida.
Y todo esto lo expone con una peculiar viveza porque «la verdadera originalidad del Nuevo Testamento no consiste en nuevas ideas, sino en la figura misma de Cristo, que da carne y sangre a los conceptos: un realismo inaudito». Si en Jesucristo arde y brilla el Amor; unidos a él alcanzarán todo su calor y su brillo nuestros amores: el universal amor al prójimo necesitado y el exclusivo amor esponsal.