Al no ser reclamado por ningún familiar, el juez que instruye las diligencias de la causa ordenó que ayer, poco antes de que se cumpliera el mes del fallecimiento, se cremara el cuerpo de este hombre, del que sólo se sabe que trabajaba en el sector de la construcción, en una obra de la plaza de San Bartolomé.
El coche funerario de Pastrana llegó a la instalación ubicada frente al Pozo Cubillas diez minutos antes de las tres de la tarde, mientras ,en el ambiente se podía escuchar con nitidez el opaco y profundo ruido del horno crematorio.
La tercera del día
Allí, en la puerta del edificio, aguardaban dos funcionarios del Ayuntamiento de Logroño, administración que corre con los gastos del sepelio de todas las personas que no han sido identificadas -como los indigentes-, para bajar el ataúd del vehículo y transportarlo hasta el horno en un portaféretros de hierro, junto a la urna cubierta de una tela azul que fue entregada por el operario de Pastrana.
La incineración, que fue la tercera de la jornada, comenzó a las tres de la tarde. En las dos habitaciones del edificio destinadas a los familiares (una de ellas acristalada, desde donde se puede observar el horno crematorio y el cuadro de mandos) no había absolutamente nadie.
El proceso, que dura aproximadamente unas tres horas, desintegra el cajón y el cuerpo a 1.100 grados, para convertir los restos en polvo. Todas las cenizas son luego depositadas por los operarios en unas pequeñas urnas y muchos familiares (la mayoría) se las llevan para esparcirlas en lugares especiales que marcaron la vida del difunto.
Otras personas las depositan en dos conjuntos de columbarios (pequeños nichos) ubicados a escasos metros del crematorio municipal de la capital riojana.
Pues bien: en uno de estos pequeños habitáculos fueron depositados ayer los restos de D.N., el obrero rumano, después de una sencilla ceremonia llevada a cabo por los Hermanos Fossores.