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Miércoles, 1 de marzo de 2006
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La Cuaresma, ¿reliquia o camino de conversión?
Mucha gente se pregunta qué sentido puede tener hoy la Cuaresma con todo ese lío de la ceniza, el no comer carne los viernes y ayunar. Pregunta que se hacen no los musulmanes o los budistas que en mayor o menor número han venido aquí a La Rioja a trabajar y a vivir. ¿No! Se la hacen los propios bautizados en la confesión católica, la mayoritaria, aquella a la que pertenecemos prácticamente todos los riojanos.
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Muchos ya no saben si la Cuaresma es el Ramadán cristiano, si es algo heredado de nuestros mayores, pero a lo que no dan ninguna importancia o muy escasa, porque lo ven como muy obsoleto, como muy antiguo, como muy trasnochado.

Lo curioso de todo esto es que el ayuno aún se entiende algo, dado que en épocas pasadas cuando no había más remedio que pasar hambre nadie hablaba del culto al cuerpo y de los adelgazamientos, como se habla hoy en cualquier conversación que se precie: ¿estás gordo; se te ve más flaco!

Buena parte de la población cuida su dieta, no quiere perder la línea y, en más casos de los deseados, pasa un hambre feroz para poder embutir su cuerpo en una talla determinada, la talla in, la que marcan las supermodelos o los superwoman, que de todo hay. Pero ayunar por amor de Dios y para ayudar a los que pasan hambre es otra historia. ¿Y qué decir de la abstinencia de carne? ¿A santo de qué esta extravagancia?

Para captar un poco todo esto -que en épocas de una mayor vivencia cristiana todo el mundo entendía-, será bueno recordar lo que nuestro Obispo traía a colación en un escrito explicativo de la Cuaresma, y que titulaba: «Conviértete y cree en el Evangelio». Aquí no se trata de quedarse en la pura anécdota de la carne o el pescado. Las cosas son bastante más serias y sugerentes que todo eso.

La Cuaresma es una vivencia intensa que debe empujar al que la practica a la conversión, esto es, a ser mejor creyente, mejor persona, mejor profesional, mejor esposo/a, mejor padre o hija, mejor compañero de trabajo. De ahí que la Iglesia nos recuerde a todos -mayores, jóvenes, curas, laicos, monjas- que el camino de la conversión personal pasa por el dominio de uno mismo y, en consecuencia, por alguna forma de penitencia, lo que toda la vida se ha llamado ascesis.

Propongo a mis lectores las metas que nuestro obispo, monseñor Juan José Omella, nos sugiere para vivir una Cuaresma llena de sentido: aceptar que Cristo es el centro de nuestras vidas; no dudar de que estamos llamados a la santidad; practicar el arte de la oración; participar de la misa los domingos; escuchar la Palabra de Dios y transmitirla a los que nos rodean; finalmente, hacer una apuesta decidida por ayudar a los necesitados.

Y concluye nuestro obispo: «Tratar de seguir este itinerario puede ser una manera hermosa de vivir la Cuaresma, esto es, una forma de adentrarnos en el misterio de la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo».



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