Este trágico e inusual baile de cifras añade más confusión a lo que realmente sucedió. Ninguna de las dos cifras incluía los muertos que ayer habían causado las explosiones producidas en Bagdad con las que terminó una cierta calma al hilo del toque de queda, percibido como un éxito del Gobierno mientras los partidos hacían examen de conciencia y se daban prometedores iniciativas de pacto y reconciliación.
Trágica constancia
Era difícil ayer abrirse paso en la marea de informaciones y con trágica constancia aumentaba el número de víctimas por el hallazgo frecuente de grupos de cuerpos acribillados y someramente enterrados en muchas provincias en fechas recientes, pero no precisadas.
Altos funcionarios iraquíes y el ejército norteamericano estimaban el lunes que los medios habían difundido cifras exageradas. La grave crisis ha producido una sensación generalizada de horror y de directo camino al abismo de la guerra civil, mencionada sin rubor por varios dirigentes.
Fue tanto el escalofrío que algunos actores políticos tomaron iniciativas balsámicas sin precedentes como organizar servicios religiosos conjuntos.
Unidad nacional
Fue tal el impacto que el embajador americano, Zalmay Jalilzad, describió la coyuntura como un momento de oportunidad del que podría salir un acuerdo para formar un Gobierno de unidad nacional. Eso sobreentendía, en todo caso, que la violencia fuera obra de las milicias sunníes vinculadas a la insurgencia nacionalista local y de las represalias chiíes, con la milicia de al-Sadr en cabeza y no del terrorismo internacionalista de importación.
Eso es lo que las bombas parecen desmentir: la distinción plausible entre Al Qaida (coche bomba y, sobre todo, hombre bomba) y rebelión convencional recuperable por vías políticas en la comunidad suní no termina de precisarse. Y es como si tras la guerra civil entrevista durante 72 horas y cancelada a toda velocidad volviera la trágica rutina 'yihadista'.