Su mayor logro, de carácter económico, fue la recalificación de la Ciudad Deportiva, que permitió al club obtener 480 millones de euros y evitar la quiebra. Gracias a esta sonada operación pudo liquidar la deuda, estimada en 270 millones, construir una nueva instalación modélica en Valdebebas que costó 90 millones y hacer del Real Madrid el club más rico del mundo, según la consultora Deloitte, con una facturación anual de 320 millones. Invirtió un total de 420 millones en fichajes. Una Copa de Europa y dos Ligas jalonaron su sobresaliente gestión inicial, reforzada en julio de 2004 cuando fue reelegido presidente con el 95% de los votos.
Pero en cuanto llegaron los problemas, los malos resultados y las dudas, todo cambió. Su modelo presidencialista estaba peleado con la paciencia, con los banquillos y, en definitiva, con cuantos especialistas en fútbol que colocaba bajo su mando.
El Madrid no levanta cabeza ni títulos desde la marcha de Vicente del Bosque, despedido en junio de 2003 porque, no estaba actualizado. Entendía Pérez que el sistema del hombre de la casa no concordaba con el proceso de universalización del club. Dos Ligas, una Copa de Europa, una Intercontinental, una Supercopa de Europa y otra de España avalaban al salmantino, que contaba con el cariño de la plantilla, a la que manejaba casi como un padre, y el respeto de la afición.
Librillo moderno
Tras destituirle, Florentino Pérez, aconsejado por Jorge Valdano, entonces su mano derecha para asuntos deportivos, confió en el librillo moderno del portugués Carlos Queiroz. Su bagaje, ser el fiel escudero Fergusson en el Manchester, haber dirigido a las selecciones inferiores de Portugal y a combinados nacionales menores como los Emiratos Árabes o Suráfrica.
El luso comenzó bien, ganó ese la Supercopa al Mallorca, pero echó todo por tierra en dos meses caóticos. Le faltó mano dura. Permitió, entre otras muchas cosas, los mil viajes de Bekcham a Londres y el exceso de peso de Ronaldo. Florentino no le perdonó.
Para poner remedio, el presidente recurrió a Camacho, su viejo sueño. Fue una apuesta personal que derivó en la dimisión de Valdano, defensor de Víctor Fernández. La casta, personalidad y madridismo del ex seleccionador y sus éxitos en el Benfica parecían garantías suficientes.
Camacho quiso imponer disciplina, pero su falta de mano izquierda generó un cisma entre él y su plantilla. Tras arrancar la Champions con un 3-0 adverso en Liverkusen y perder en Montjuic, abandonó en el regreso desde la Ciudad Condal. Era septiembre de 2004, con la temporada recién comenzada y todos los técnicos grandes ya con equipo, Florentino tuvo que improvisar y tiró de Mariano García Remón, el recomendado por Camacho.
Pérez confiaba en el éxito de un perfil a mitad de camino entre Del Bosque y Camacho, de un tipo criado en la Casa Blanca. Se marchó tres meses después tras haber clasificado a duras penas al equipo para la siguiente fase de Champions y distanciarse en Liga a 13 puntos del Barça.
A partir del 30 de diciembre del año pasado, dio la palabra a Vanderlei Luxemburgo, campeón con el Palmeiras, el Corinthians y el Santos, y de la Copa América con la selección brasileña. Encadenó en un espectacular arranque siete victorias consecutivas y nueve partidos sin perder, pero nunca se ganó al presidente.
Once meses y cuatro días después de aterrizar Luxemburgo era despedido. En realidad, estaba sentenciado desde el 0-3 ante el Barça. Con López Caro, más de lo mismo. Además del baile de entrenadores, no hay que olvidar los cambios en la dirección deportiva, por donde han pasado Jorge Valdano, Emilio Butragueño, Arrigo Sacchi y Benito Floro. Nadie se adaptó al modelo de Florentino.