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Lunes, 27 de febrero de 2006
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Un diploma con historia
Mujeres inmigrantes participan en un curso del Ayuntamiento de Calahorra para intercambiar experiencias
La biografía de Berta Alvalado, ecuatoriana, resume la esencia de muchas historias de abuelas inmigrantes, historias de continua lucha y desesperación, de malabarismos para llegar a final de mes, historias en la que los protagonistas fundamentales fueron sus hijos y ahora son sus nietos, como antes, pero a miles de kilómetros de distancia de sus países.
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A finales de los 90, dos hijos de Berta vinieron a buscar trabajo a España: su hijo mayor, que aún vive en Pamplona, y su hija, que dejó a Berta al cuidado de un bebé de muy pocos meses. Así, Berta se encontró en una provincia alejada de Quito, con un bebé al que cuidar, con un hijo universitario al que pagarle cada seis meses la cuota de la matrícula, con un marido que no colaboraba mucho y con dos hijos más en un país extranjero.

«Las llamadas de mi hija desde el locutorio eran muy traumáticas. Mi hija me presionaba cada día para que me viniese con su bebé, decía que no podía vivir sin él, incluso a veces se desmayaba al teléfono», relata Berta, ante la mirada interesada de sus compañeras de curso. Aquella decisión fue dura para una mujer que intuía cómo su marcha podía truncar la incipiente carrera de su hijo menor, que entonces cursaba ya cuarto de ingeniería agrícola.

Pronto llegó la noticia de un nuevo embarazo de su hija, lo que declinó la balanza hacía la decisión de venirse para España. La intención de Berta era permanecer en España durante tres meses cuando su hija diese a luz al pequeño. De eso hace ya cinco años.

Experiencias como ésta son las que intercambian doce mujeres inmigrantes en un curso promovido por el Ayuntamiento de Calahorra. «Queremos informarles de los recursos municipales, habituarlas a las costumbres españolas sin perder sus raíces y asesorarlas en empleo o vivienda», relata la concejala de Servicios Sociales, María Negueruela.

El caso de Berta no es el único en el que una abuela carga con el peso económico de la familia de sus hijos. «Trabajo dos horas diarias porque no encuentro nada más y en casa vivimos mi hija, mis dos nietos y yo. Mi hija no ha conseguido aún un trabajo». Antes Berta trabajó en una casa interna, pero tras el divorcio de su hija tuvo que trasladarse a Calahorra para cuidar de sus nietos.

Su tarjeta de residencia en estos momentos es de arraigo aunque no pierde la esperanza de conseguir la tarjeta de trabajo, y aunque reconoce que su vida aquí casi es más dura que en Ecuador aclara que nunca se ha sentido «humillada ni defraudada» por los españoles: «He tenido la suerte de encontrarme con gente muy buena en mi camino de inmigración».

Ahora, además de conseguir un empleo estable de más horas, Berta quiere empezar a conocer a gente. «Mi situación se podría decir que es desesperada, pero creo que reagrupándonos podemos conseguir más cosas», afirma. Ésta es una de las razones por las que se apuntó al curso ofrecido desde Servicios Sociales, la otra: «Yo, en Ecuador, también hacía muchos cursos, siempre he tenido muchos diplomas colgados de la pared».



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