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Domingo, 26 de febrero de 2006
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Mera, puerta de la Amazonía ecuatoriana
Mera, puerta de la Amazonía. Así denominan los ecuatorianos a ese municipio donde está la misión que atiende la Diócesis de Calahorra y La Calzada-Logroño en Ecuador.

Allí están trabajando, en estos momentos, dos sacerdotes de nuestra Diócesis: Jesús García Corcuera, natural de Sotillo de Rioja, y Jesús Javier Alesanco Blanco, natural de Villar de Torre. La Parroquia en la que trabajan está compuesta por unas 30 comunidades o poblaciones, gran parte de ellas instaladas en plena selva amazónica. Durante quince días, he vivido con estos misioneros una de las experiencias más hermosas y gozosas de mi vida.

Me esperaban con un par de botas de agua, un bastón y un chubasquero. Y nada más llegar, al día siguiente por la mañana, me llevaron a conocer una de las comunidades de la selva: Rayo Urco. Para acceder a esa comunidad tuvimos que recorrer en furgoneta un buen tramo del camino. Digo camino por no hablar de sendero tortuoso. El coche y los ocupantes no sabíamos donde amarrarnos ya que entre las piedras y los hoyos no parábamos de dar saltos y más saltos. Bien sacudidos por los movimientos de la furgoneta, llegamos a orillas del río. No podíamos seguir con el coche. Continuamos a pie. Llovía a chuzos, pero ni el río ni la lluvia son obstáculos para los misioneros. Seguimos andando bajo la lluvia durante unos tres cuartos de hora. Todo era subidas y bajadas entre un inmenso lodo. El bastón evitaba más de una posible caída en pleno barro. Por fin llegamos al pueblecito. Saludamos a la gente, que nos acoge con gran cordialidad. Los niños de la escuela se alegran de ver a los misioneros. Saludan, se toman un rato de descanso, y prosiguen su labor de aprendizaje mientras los adultos conversan con el padrecito.

Uno de los temas de conversación es cómo construir el pequeño corral para criar pollos, que servirán para mejorar la comida que, cada día, ofrece la escuela a los chavales. Ese proyecto de cría de pollos es idea de los misioneros y está financiado por gente generosa de La Rioja. Bonita iniciativa que ayudará a alimentar mejor a los chavales, que habitualmente no comen más que yuca, arroz y judías. Sólo comen carne, muy de tarde en tarde, cuando tienen la suerte de cazar algún animal salvaje.

En el transcurso de la conversación, también se habla de restaurar la capillita, hecha de maderos y con tejado de cinc, que está ya prácticamente inservible. Me comprometí a ayudarles en la construcción de la nueva capilla. Ellos pondrían gratuitamente el trabajo de la construcción y yo les mandaría el dinero del coste de los materiales. Pocos días después me trajeron un dibujo, con las medidas exactas de la nueva capilla y del material que se necesitaría. Les invité a que también pusiesen una placa solar, con el fin de que pudiesen tener algo de luz en la plaza del pueblo, ya que no disponen de luz eléctrica en ese poblado. Calculamos que el coste total del material no sobrepasaría los 10.000 euros. Me comprometí a buscar el dinero y a enviárselo lo antes posible. Se llenaron de alegría, como es natural.

Y terminamos la mañana celebrando la Eucaristía en la escuelita. Los chavales ya habían acabado sus clases. Todos participaron en la celebración eucarística, que fue sencilla, entrañable y llena de silencio y de unción. Dios se hacía presente en su pueblo a través del pan y del vino de la Eucaristía, Cuerpo y Sangre del Señor entregados por la salvación del mundo. Dios se hacía paz, esperanza y amor para todos y cada uno de los habitantes de ese pueblo inaccesible en coche, perdido en la inmensa selva amazónica, pero cercano al corazón del misionero de Jesucristo, estos hombres buenos y valientes de La Rioja que han ido allí a compartir con todos ellos la fe de la Iglesia, y a gastar y desgastar su vida para que todos ellos puedan vivir con los mismos derechos y deberes que todos los ciudadanos del mundo.

En ese primer día de mi visita pastoral a la misión de Mera, descubrí, con profunda admiración, gratitud y alegría, la inmensa labor que realizan los misioneros de la Iglesia. Son portadores de esperanza en medio de una sociedad todavía con mucha pobreza, con pocos recursos materiales para poder vivir con cierta dignidad. Ellos se hacen todo a todos, compartiendo sus carencias, sus valores, sus penalidades y sus alegrías. Bregan y se esfuerzan por lograr que la salvación de Dios llegue a sus corazones, pero no descuidan la atención de los cuerpos doloridos, hambrientos de pan y de cultura. Ellos, los misioneros del Evangelio, trabajan por el desarrollo material y espiritual de los pueblos más pobres y abandonados del mundo, porque anuncian a un Dios que se ha hecho carne humana, ser humano: Jesucristo, verdadero hombre como nosotros, y verdadero Dios, crucificado y resucitado. Luchan con todas sus fuerzas por erradicar la pobreza y las injusticias que la promueven. Derrochan amor, inmenso amor por donde pasan; no miran ni el color de la piel ni la lengua con la que se expresan, ellos conocen un solo idioma que es el del servicio fraterno, humilde, gratuito; con honda humanidad y respeto, se acercan a todos, a todos ayudan, con todos son leales, porque no buscan nada para sí, porque son hombres del Evangelio y de la Iglesia de Jesucristo

Al final de ese primer día en Mera, me sentí orgulloso de pertenecer a esta Iglesia en la que trabajan y de la que forman parte los misioneros; me sentí orgulloso de la magnífica e importante labor que realizan, urgidos por el Evangelio, los misioneros de la Iglesia. Y, esa primera noche en Mera, dormí profundamente, contento y feliz, no sólo porque estaba cansado del traqueteo de la furgoneta, de la buena caminata que había hecho entre el agua y el barro, sino por el impacto de vitalidad evangélica que había recibido ese día: el ímpetu recio del Espíritu, de generosidad y entrega, que había percibido en nuestros misioneros y en los habitantes de Rayo Urco, amando y luchando en un rincón de la selva amazónica.

Podría seguir contando lo que vi y viví, jornada tras jornada, durante los quince días de estancia en Ecuador. Pero necesitaría mucho espacio para hacerlo. Sin embargo, no quisiera pasar por alto la labor que hacen otros misioneros riojanos en el Ecuador, y deseo que consten aquí sus nombres: Félix Peciña, natural de Hervías, está trabajando en el seminario de la Diócesis de Puyo, como formador de los jóvenes que, un día, se encargarán de guiar y conducir a las comunidades cristianas. Está también Roque Grández, natural de Alfaro, que trabaja como vicario general de la Diócesis de Coca, en la Amazonía. Los nombres de los restantes misioneros riojanos, con una labor formidable a sus espaldas, son: Ángel González, Jesús García las Heras, Eloy Bartolomé, Santos Alesón, Justo Antonio Calvo, María del Pilar Díez, María Sofía Gorriti, Concepción Gamarra y María del Carmen Provedo. Sin duda que Dios los tiene bien escritos en el Libro de la Vida.

Para terminar, deseo contar una última cosa, admirable por otra parte: en Quito conocí a la Hermana Estrella Fernández, escolapia de Logroño que, después de jubilarse en la enseñanza, pidió a sus superioras que le dejasen ir a misiones a acabar sus día ayudando a los pobres. Allí dedica su tiempo a la promoción de la mujer ecuatoriana. Con sus setenta y tantos años, está gozosa y feliz entregando allí vida y ayudando generosamente a que las mujeres con menos recursos y posibilidades puedan llegar a ser un importante factor de desarrollo humano y social en el Ecuador. Esa mujer jubilada rezuma jovialidad, alegría y dinamismo, a pesar de la edad y de vivir en una ciudad a casi 3.000 metros de altura sobre el nivel de mar, y con calles empinadas que se hacen difíciles de transitar hasta para los jóvenes. Ella se encuentra feliz y no halla obstáculo para su generosa labor de entrega a todos. Solo Dios, para quien nada hay imposible, puede ser explicación de la vitalidad de esta hija de santa Paula Montal.

Queridos misioneros riojanos que estáis en Ecuador, en Benín o en cualquier otro rincón del mundo: gracias por vuestra entrega y por vuestro testimonio. Ojalá que muchos jóvenes sepan recoger vuestro testigo y entreguen su vida a dar a conocer el Mensaje de Jesús a todos los pueblos de la tierra. Gracias, de todo corazón. Que seáis muy felices y que Dios bendiga todas vuestras empresas. Nos sentimos verdaderamente orgullosos de vosotros. Sois los mejores embajadores de La Rioja. Y la primera fila, la avanzadilla de la Iglesia de Jesucristo.



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