LO malo no es que al cabo de veinticinco años no haya resplandecido 'toda la verdad', si no que en todo este tiempo no haya resplandecido ni una gran novela ni una gran película al respecto. La ficción no se atiene a los hechos, pero eso no significa que los traicione. Muy al contrario, la ficción es un procedimiento de indagación paralelo y una vía de servicio para la comprensión de las cosas. Enormemente útil, por cierto, pues siempre nos devuelve a la realidad, sin miedo, con el obturador del entendimiento mucho más abierto, con la curiosidad en vilo y con una inyección de creatividad que estimula los puntos de vista. Hablo de la ficción, no de la mentira. No son lo mismo. En la primera hay invención y en la segunda prevaricación. La ficción no falta a la verdad: la bordea, la mima. Su patente es la verosimilitud. No digo nada nuevo: fue Aristóteles el que hace algo más de veinticuatro siglos se percató de lo prácticas que nos resultaban las ficciones, sobre todo para explicarnos a nosotros mismos nuestras crisis: las individuales y las sociales. Y para superarlas. Así que si no se ha producido un buen relato ficcional sobre el crítico 23-F, si no circula un 'best-seller' de taquilla o librería, es de temer que algo sigue atascado, o lo que es peor, que perdura algún factor que nos inmoviliza y que nos podría conducir al olvido. Otro beneficio de las ficciones, en cambio, es que nos preservan del olvido. Como el cine es para la sociedad norteamericana algo muy serio, un método de interpretación cultural e histórica y un complicado espejo, nunca ha dejado que transcurriera mucho tiempo entre los hechos y su ficción cinematográfica, aun cuando ni siquiera estaban cerrados los casos, algunos de emergencia nacional, desde el Watergate al 11-S (recuérdese el corto de Sean Penn en la película homónima) pasando por la crisis de los misiles, Vietnam o el asesinato de JFK. Todos los hombres del presidente: antes de que -¿el año pasado!- conociéramos la identidad de 'garganta profunda' e incluso por encima del perfil discreto que Woodward y Berstein hicieran de su confidente, el mundo entero sabía de él a través de Redford y Hoffman. No cabe duda que la película ayudó a la verdad, y que anticipó la universalidad de su pesquisa. Ves Buenas noches y buena suerte y crees que todo está sucediendo 'de verdad' en este momento, porque la eficacia ficcional asegura la pregnancia y la ilusión de presente. Y te provoca preguntas. Bien es verdad que aquella tarde de autos (y acorazadas), en tiempo real nos pareció mentira, y que en su inverosimilitud -derivada de una pésima carpintería teatral y un peor reparto- no accedía ni al rango de ficción homologable. Tuvo que salir el Rey a desearnos buenas noches y buena suerte.