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Domingo, 26 de febrero de 2006
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SOCIEDAD
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Al higuí, al higuí
Supongo que muchos de ustedes habrán oído más de una vez la expresión ¿Al higuí, al higuí, con la mano no, con la boca sí! Pertenece al acervo del viejo Carnaval y define la escena de la máscara que porta una cesta repleta de sustancias misteriosas coronada por golosinas, que defiende golpeando con un palito del que pende un higo hasta que, aparentemente esquivada la varita, alguien mete la mano y la saca untada de materia no precisamente seductora.
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Por el Carnaval se ha ido siempre al higo. Pero ocurre que hoy ya no vemos en nuestras calles la pantomima del oso y el domador; la de los mozos labrando y sementando cenizas a los viandantes; la de la yunta que tiraba de un aladro, cuyos componentes, advertidos del paso de la comitiva municipal por un alguacil, mugieron al unísono: ¿Eso se lo dice al de atrás, que nosotros sólo somos los ganaos. Se contaba -y se practicaba- en muchos de nuestros pueblos mientras duró la licencia carnavalera y sobrevivió la sociedad agrícola.

Hogaño en algunas localidades salerosas salen murgas como antaño. El año pasado, encontrándome en la ciudad riojana carnavalesca por excelencia, Calahorra, me entregó uno de los componentes de Los Charangos un texto, pleno de crítica, gracia y humor en sus cuartetas: «El Pagola se ha quedado todo el trabajo de aquí: tiene farmacia, es alcalde y senador en Madrid. Político y funcionario: dos trabajos 'pa' pensar; unos se van al café; los otros, a figurar. Si el recoger la basura sube un cuarenta por ciento, vendrán a por ella en AVE éstos del Ayuntamiento».

Mientras desde las murallas de mi pueblo diviso Ausejo, pienso en otra letra que interpretaba nuestra murguilla de chavales en 1958 y que recordé entera juntamente con un quinto trágicamente desaparecido: «Nos gusta mucho el chorizo y también las sobadillas; nos despedimos de ustedes hoy día de Carnaval; que nos dejen muchas perras a estos pobres que se van».

No añoro nada aquellos Carnavales; allá quedaron con sus zurramaqueros y toneletes, con sus madamas y zurramachos. Nada puedo hacer por atraerlos; me ocurre como con el régimen del Iregua; cuando quien le da canilla al pantano de arriba dice arre, pues arre; cuando dice so, pues so.

Pero tampoco me suple acercarme a los que ahora se celebran en nuestra tierra. Me da bastante grima presenciar unos festejos que son, a la postre, un remedo baratillo de otros foranos. Prefiero, con mucho, el Carnaval de la vida diaria, tan competitiva, excitante y enmascarada. ¿Cómo me va a venir usted ahora con aquello de 'al higuí', si la práctica generalizada es 'a la saca', según mordaz expresión humorística televisiva? Lo malo es que de la saca solemos extraer la mente untada de alguna materia no excesivamente atractiva, y lo peor es que el Carnaval no sólo llega al Domingo de Piñata como antiguamente sino que dura todo el año.



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