La primera vez que oí hablar a cierto escritor muy conocido en nuestra tierra, allá por 1995, recuerdo que planteó una disyuntiva a su encandilado auditorio: echaría una moneda al aire, y si salía cara rezaría un avemaría, si salía cruz, soltaría una blasfemia. Alguno de sus incondicionales se rió con ganas. Luego he comprobado que algo parecido constituía el plato fuerte de sus aclamadas lecturas poéticas.
Éste no es, ni mucho menos, un caso aislado de artista que «hace arte» mofándose de lo cristiano. En concreto, no hace muchos meses conocimos el caso de la obra teatral que se cagaba en Dios, y ahora se representa en Madrid otra de similares pretensiones diarreicas, con burla de la eucaristía incluida. Vimos a un cantautor en Canal Plus cocinando un crucifijo, o ahora otro en ARCO que representa a Cristo con un misil, además de los ya clásicos Scorseses que lo tientan, los Dan Browns que lo desacralizan, los Benítez que lo marcianizan, los manifestantes «orgullosos» que lo ridiculizan, así como miles de mediocres artistas que para granjearse el marchamo de provocadores no dudan en cebarse en la iconografía cristiana. Y lo hacen sabiendo que apenas corren riesgo, pues la gran mayoría guardará silencio indiferente, unos pocos sufrirán y rezarán por los transgresores, alguno más atrevido escribirá una carta al periódico, y quizá, que de todo hay, uno o dos exaltados montarán un numerito, lo cual aprovechará el trasgresor para promocionar aún más su producto.
Pues eso, que después de décadas en que la burla de lo cristiano ha constituido una seña del auténtico arte de vanguardia, han tenido que venir nuestros hermanos musulmanes quemando consulados para que la opinión pública de occidente empiece a plantearse el derecho al respeto a las creencias. Y en este debate se perfilan al menos cuatro posturas, que paso a esquematizar con las obvias limitaciones de espacio.
Una, la de los que, a pesar de los sutiles argumentos pirómanos, insisten en que hay un derecho a la blasfemia que es conquista de la civilización occidental y garantía de nuestras libertades esenciales. Según sus adeptos, cuando con el tiempo los musulmanes evolucionen como Alá manda, conseguirán al fin ser tan ofensivos con sus iconos religiosos como nosotros, y nadie moverá una pestaña. «Al progreso por la blasfemia», podía ser su eslogan.
La segunda, la de los que reconocen que no hay que ofender a los creyentes, pero curiosamente engloban dentro de este colectivo sólo a los que te pueden cortar la cabeza el día menos pensado. De nuevo la escena que hemos visto en películas de serie B: los abusones de patio de colegio que amedrentan a todo gafotas indefenso de la clase, hasta que uno se presenta con su primo-zumosol y allí se acaba la bravuconada. A ver si Dan Brown y demás familia tienen los arrestos de atreverse con 'El Código Averroes', o algo similar. Lo dudo.
La tercera actitud es una curiosa variante de las dos anteriores: la de los que censuran el fanatismo que ha propiciado la airada reacción de las caricaturas y sostienen que las religiones (así, en bloque) son las peores armas de destrucción masiva. En este caso la argumentación es retorcida, porque a partir de las reacciones de violencia islamista, y sin apenas dar nombres, se pasa a criticar a lo nuestro, a la Iglesia Católica, madre de todos los fanatismos. Y aquí sí que se dan nombres. A los defensores de esta postura quizá les venga bien leer directamente (es decir, no sólo los comentarios periodísticos sobre) la reciente encíclica de Benedicto XVI, Deus caritas est.
Y la cuarta, la de quienes pensamos que debe prevalecer el respeto a la sensibilidad religiosa de todos, aunque el agraviado no te queme el coche ni te decapite. Recordemos que los mahometanos defienden con celo a su Profeta, pero los cristianos creemos que Jesucristo es el Hijo de Dios encarnado. El amor mismo, el creador de todo. Aunque, en el fondo, por el exabrupto de una pobre criatura no puede ofenderse el Inmutable, los creyentes no lo son tanto. Y para ellos supone una ofensa contra alguien al que aman.
Acabo con una reflexión multicultural. Puestos a ampliar el espectro de potenciales cagones al común de los mortales, no sé qué pasará cuando nuestros hermanos musulmanes pasen por la calle y oigan al clásico ciudadano en ruta de bares cagándose en lo divino con esa simpatía y donosura que caracteriza a nuestros paisanos blasfemantes. Cuando los ciudadanos musulmanes entiendan que ese 'Dios' es su 'Alá'. No quiero ni pensarlo.