Manderlay, su última pieza estrenada en pantalla comercial, representa una continuación respecto a la revolucionaria y, a mi gusto, genial Dogville, un peculiar y exigente filme de áspero contenido y minimalista puesta en escena, teatral y desnuda, que proponía, entre muchas lecturas, una mirada deprimente y sombría de la condición humana.
En este nuevo trabajo, de idéntica construcción, y mismos aguijones envenenados, vuelve a recurrir al personaje de Grace, en esta ocasión interpretado por la dulce e inocente Bryce Dallas Howard, que tras rendir cuentas a sus explotadores en Dogville, recorre unas cuantas millas más, sin alejarse de la América profunda, para acercarse a la extraña e inquietante plantación de Manderlay y descubrir que en cuestión de esclavitud todavía los amos someten a los sirvientes de raza negra siguiendo leyes ya abolidas.
La propuesta de Von Trier es realizar una trilogía simbólica sobre Estados Unidos. Manderlay es el segundo capítulo, tan pesimista y radical como el primero. Y aunque desaparece de golpe el factor sorpresa (la arquitectura austera), no baja la guardia en su indisimulado afán de acercarnos dramas severos que escarben en las contradicciones de una sociedad satisfecha pero decadente. Para el cineasta danés, responsable fundacional del Dogma, Estados Unidos es una rica cantera para hablar a secas del mal. Un país tan fastidiosamente grande e imperialista como lleno de lacras y miserias morales.
Los pellizcos no cesan y en esta ocasión el cometido de Grace no es otro que liderar el adoctrinamiento de una comunidad negra inmovilista, ajena a progresos liberales, que trabaja y vive sin ningún tipo de libertad. El proyecto de Grace es instaurar la democracia y dar a conocer valores que traten al ser humano, independiente de su color, como personas con las mismas igualdades. Loable propósito que sin embargo y, paradójicamente, tiene en los propios afectados a los más disconformes, gente acostumbrada a recibir órdenes y ser golpeados de vez en cuando que asumir de repente conceptos como democracia y posibilidad de dirimir asuntos propios.
Semejantes cambios y transformaciones tienen una lectura irónica que alcanza su violencia más sarcástica en el tramo final, cuando el irreverente vitriolo de Lars Von Trier fustiga con saña la moralidad de los personajes y socava la conciencia bienintencionada de Grace, que suma otro desencanto y recibe otra lección que al igual que el espectador jamás olvidará.