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Domingo, 19 de febrero de 2006
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AUDIENCIA
OPINIÓN
TRIBUNA
Los viejos y los días
HAN transcurrido para mí muchos días de agitaciones y viajes urgentes, precipitados, en los que se han mezclado inquietudes y lamentos; y recuerdos viejos. Uno de esos días decidí entrar en una cafetería logroñesa en la que ofrecen comida en forma de menú del día, uno de esos lugares donde se come sin disgusto porque no se pretende hallar los deleites de la gastronomía.

Había elegido una mesa pequeña, discreta y esquinada, desde la que dominaba casi todo el salón anejo a la barra del bar y destinado durante unas horas exclusivamente a los almuerzos. Pronto, cerca de mí, en una mesa doble previamente reservada, se acomodaron seis mujeres, todas ellas con apariencia octogenaria. Su entrada fue alborozada, tanto como para alterar algo el comedido ambiente que había en el comedor. Aquello tenía el aspecto de ser lo que realmente era, o lo que yo deduje que era: un grupo de seis remozadas ancianas, joviales, todas o casi todas viudas, muy viudas algunas, que celebraban una amistad nacida seguramente en sus años mozos. Desde que tomaron asiento no cesaron las demostraciones de entusiasmo por todo lo que se les ocurría, fueran pensamientos propios o ajenos, y así pude oírles hablar de nietos y biznietos, de yernos buenos y nueras malas, de maridos muertos y conquistas antiguas, de chismes actuales y vivencias de un pasado remoto.

Todo indicaba que aquel grupo se había unido por primera vez en un tiempo pretérito anterior, al modo de pandilla juvenil; incluso quedaba claro que mantenía la jerarquía y la influencia que entre ellas se hubo establecido entonces. Porque allí seguía estando la dirigente, que hablaba constantemente e interrumpía a las demás, imponente, ahora con voz temblorosa pero firme; y otra más, claramente rival y competidora de la jefa, que intervenía siempre que podía y hasta le quitaba la palabra; y otras tres más, a las que casi todo les parecía bien y divertido y reducían su participación a cortas frases y muchas risas; y la sexta, que sólo callaba, miraba o demostraba ausencia.

En ocasiones daba la sensación de que las mujeres se fatigaban, y la conversación decaía, pero enseguida volvía a oírse la voz autoritaria de la cabeza del grupo o de la que le disputaba el liderazgo. A veces también se llenaban de nostalgia, aunque, quizás estimuladas por el vino con gaseosa, no tardaban en volver a templar el ánimo y en convertir el encuentro en algo festivo. De cuando en cuando también modernizaban y hacían pícaros sus recursos retóricos, e incluso los vulgarizaban, lo que les causaba gran regocijo. Solamente la compañera indiferente y silenciosa se limitaba a sonreír, y a veces de manera despectiva.

Resistí en mi mesa hasta que las mujeres decidieron irse. Fue la rectora del grupo quien dio la orden e intentó levantarse de su silla la primera, con un movimiento impetuoso, como tratando de hacer un alarde de fuerzas; pero el propósito resultó un fracaso. Las demás también tuvieron dificultades para incorporarse. Por fin salieron del local, para mezclar sus voces, ahora desentonadas, y sus risas flojas con los estruendosos ruidos de las obras de la calle. Inmediatamente después salí yo, para afrontar una tarde llena de ajetreos.

Cuando el día terminaba, decidí tomarme unos momentos reparadores y elegí dar un paseo y departir con unos buenos amigos: la Bella y la Bestia, el Belenes y el Esmaltes. Algo muy íntimo, vaya. Un premio para mí.



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