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Domingo, 19 de febrero de 2006
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AUDIENCIA
OPINIÓN
TRIBUNA
'Hablar solo' (¿apócrifo de Larra?)
«Va con el español el 'hablar solo'. Se ve en la calle y en las tribunas. El español desconfía siempre de lo que le dicen los demás y hasta de lo que ocurre, y como solución habla solo, en su turno de réplica personal e intransferible, un turno tan privado como soberano. En su casa habla solo: comenta la colada y la jugada. Y fuera de casa por doquier: es un ru-run de desahogo, en el que se recapitulan los acontecimientos y en el que se ratifica su inequívoca posición en ellos. El soliloquio viene a demostrar que la versión de uno es la que va a misa. No hay preguntas en el hablar solo, respuestas meras. Habla solo el español para convencerse de que conoce el paño, de que sabe lo que hay. Rumia para su coleto, pero en público, cuando circula y pasea sin compañía, no disimula tampoco la actitud y parlamenta como un descosido. Así que cada vez son más numerosos los sujetos que hablan solos o para sí solos, e incluso miman su argumentario con pequeños aspavientos, o con golpes sobre un pupitre que no hay. Al que habla solo se le nota, y de resultas se oye decir a otros prójimos: «Menganita habla sola; a fulanito se le ha visto con frecuencia hablar solo», y parece querer decirse que la persona aludida no está muy en sus cabales. Pero no hay un gramo de desvarío en el hablar solo del español, qué va, sea matritense o periférico: lo que se trasluce es su discurrir más íntimo. Incluso acompañado, no es raro advertir que tal o cual menda habla solo. Piénsese, por caso, en Nuestro Señor Don Quijote: el personaje tal y como se conoce es don Alonso 'el Bueno' una vez harto de leer, claro está, pero sobre todo de hablar solo, a fuerza de coloquiar con tomos y caballeros y de alumbrar industrias encantadoras. De modo que cuando sale al camino, aun colocando a su lado a un escudero -bien hablador, de suyo- el hidalgo, si bien se mira, no deja en todas sus jornadas de hablar solo, de pensar en alto sus ocurrencias, de sentenciar. He aquí cómo Cervantes caló de nuevo el alma española. El español tiene necesidad de decir, de enmendar, de hacerse su particular oposición en todos los órdenes: vecinal, conyugal, familiar, regional y nacional. Hablando para sí, cree que el orbe le atiende. Es como si el español se callara muchas cosas que luego va diciéndose por los rincones, porque a veces -no todo es mal humor- está apenado o atacado de melancolía. Porque tiene el hablar solo mucho de lamento. Muchos españoles al hablar solos se convierten en poetas y en oradores sin rival, pero su discurso no trasciende y se pierde. El español cree por lo general que nadie le entiende. Escribir en España es hablar solo».

Fdo.- El pobrecito hablador.



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