Personalmente he estado varias veces en la cárcel de Logroño acompañando al obispo -al actual y a los anteriores- en fechas tan entrañables como la de la Navidad, visitas llenas de afecto y de cercanía, pero visitas al fin y al cabo, breves y sin mayor pretensión.
Para conocer algo mejor la realidad de las casi trescientas setenta personas que viven, o malviven, en nuestro centro penitenciario, monté una tertulia en un medio con la colaboración inestimable de Marta, Estíbaliz y Juan José, estos dos últimos católicos voluntarios que prestan una eficacísima ayuda a los internos a través del Secretariado de Pastoral Penitenciaria.
Confieso que me llamó la atención el respeto, la lucidez y, sobre todo, el cariño con que hablaron de la institución, los funcionarios y ¿cómo no! de los presos o internos, como parece más correcto denominar a los privados de libertad.
Algunos datos para pensar. De cada cien reclusos ochenta son varones y veinte mujeres. ¿Es el hombre más violento, menos formado, más tonto y se deja pillar? ¿Cualquiera sabe! La edad media oscila entre los veinticinco y cuarenta años, un dato estremecedor, ya que la mayoría están en la flor de la vida. No hay que pasar por alto que la meta de casi todos esos hombres y mujeres es que pase el tiempo, llenando horas, días, semanas, meses y años de algo tan vacío pero tan terrible para la dignidad humana como es no hacer nada, levantarse para no hacer nada. ¿Chicos jóvenes!
¿Y porqué están ahí? Me comentan que a grandes rasgos por la droga. ¿Dichosa droga! Sé que estoy simplificando. No pretendo hacer una tesis doctoral, sino mostrar a mis lectores una realidad en la que pensamos poco. Con la movida que se ha preparado por el tabaco -con su consumo, que no con su elaboración y venta-, la gente de la calle se pregunta conmigo si las cosas tienen que ser forzosamente como son, inevitablemente como son, o hay intereses muy fuertes, de gente muy rica -me comentan que ricos en la cárcel hay muy pocos-, que hace que el tabaco sí puede ser sometido, en tanto que la droga no. ¿Por qué?
Días pasados, un pobre cura ya mayor, valenciano para más señas, escribió al parecer un alegato en una ignota y minúscula hoja parroquial que, insisto en que 'al parecer' pues no sé quién lo ha leído, hacía apología de la violencia llamada de género y yo pude ver cómo en la televisión pública una representante de no sé qué instituto de la mujer pedía su cabeza por incitación a la violencia. De acuerdo, si la ha hecho que la pague. Ha habido una condena del arzobispado, del arzobispo y de los demás curas. Pero no es suficiente. ¿Hay que seguir con la matraca!
Y yo pregunto para que alguien me lo explique: ¿a qué se debe que cantautores españoles muy conocidos, jóvenes y no tan jóvenes, autores, intérpretes de rock, de pop y artistas nacionales y extranjeros; que personajillos de Gran Hermano, de las "salsas rosas", forrados de pelas y de aires liberales, con millones de fans quinceañeros -algunos de ellos desaparecidos muy jóvenes por consumo y en olor de santidad popular- en las mejores franjas horarias de televisión, no en hojas parroquiales que no lee nadie, hacen apología de la droga incitando a nuestros adolescentes y jóvenes al consumo de la misma, apelando eso sí a la libertad individual y a la moderación, y que luego los llevará postrados hasta la cárcel de Logroño, o de donde sea? ¿Por qué nadie los condena con la misma energía y rapidez con que se condenan otras apologías igualmente siniestras? Y cuando los incitadores -a veces en tono festivo y sonriente- han sido hombres y mujeres dedicados a la cosa pública, por qué nadie los ha condenado?
¿Que alguien me lo explique!