Cidamón es la única localidad riojana con más vehículos que habitantes
Cidamón es pequeño. Tanto, que el visitante despistado que unos kilómetros antes ha debido preguntar a un paisano qué camino es el bueno para llegar hasta allí se topa de repente con el cartel que anuncia la salida del pueblo. De vuelta a la vía, apenas 500 metros en dirección contraria, otro indicador gemelo confirma los angostos límites de la localidad.
Entre uno y otro punto sobresale una gran casona junto a la que un hombre enfundado en un buzo hurga en las tripas de un gigantesco tractor. El visitante pregunta por el bar más cercano. O por la plaza de la iglesia. O por el frontón. O por cualquier otro centro de reunión donde interesarse cómo así Cidamón es el único pueblo de La Rioja donde se contabiliza hasta 1,2 vehículos por habitante. Manuel, que así se llama el mecánico, resulta ser el alcalde de San Torcuato. Confirma que allí no hay más de lo que se ve. Y lo que se ve, además de un paisaje luminoso y sosegado, son cinco coches resguardados en una tejavana. «Son de las dueñas de la casa», explica someramente mientras remite a Casas Blancas y Madrid de los Trillos (las dos aldeas aledañas que integran también Cidamón) para hablar con alguno de los 35 habitantes que completan el censo de la localidad.
Allí está Joaquín Yusta, su alcalde. Ni siquiera él había reparado en esa curiosidad automovilística. «Somos pocos, pero no es raro que en una misma familia el marido tenga un coche y la mujer otro para llevar a los críos», razona a bote pronto. «Aquí hay mucha gente joven; familias con niños que trabajan en el campo o en las fábricas». Otra de las causas para explicar su destacado puesto en este apartado de la estadística está precisamente en las dos empresas de la zona. Una granja avícola y una firma de piensos cuyos logotipos presiden alguna de las furgonetas con las que el visitante se cruza por la carretera. Lo que no sobrealimenta el parque móvil de Cidamón es el coste del impuesto de circulación. «Es lo estipulado, sin más», dice antes de despedirse entre invitaciones a volver una tarde con calma y disfrutar de este rincón. Hasta de su aire sin malos humos.