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Domingo, 19 de febrero de 2006
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LOGROÑO
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Una dulce historia
En la tradicional pastelería 'Manolo Iturbe' se entrelaza, desde hace 50 años, el oficio con la relación familiar
Toda historia guarda secretos a desvelar, personajes mágicos y también momentos conocidos que necesitan ser recuperados. Olvidados por la cotidianidad, una simple historia puede convertirse en una gran historia. Cincuenta años pasaron desde que Manolo Iturbe se instaló en aquel 'Café de los Leones' para comenzar con la pastelería que lleva su mismo nombre en Logroño.Su hija, Vega, es la continuidad de la dulce historia desde 1992, cuando su madre, Milagros Gimeno, decidió traspasarle el negocio y el oficio. Sentada detrás del mostrador, hace la introducción.
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CONOCIENDO A MANOLO

RETRATO DEL PADRE
En cada vuelta de hoja del álbum de fotos, Vega va describiendo los trabajos artísticos de su padre. Cuenta con detalle cada uno de ellos porque los vivió y porque los guarda de forma entrañable, en ese recuerdo donde, más allá del comentario «poco objetivo» que ella advierte, las imágenes no parecen contradecirle. «Para él eran muy importantes los niños, por eso lo de 'La sonrisa de los niños' y por eso los siete hijos que tuvo. Mi padre era una persona muy especial. En Logroño tuvo mucho peso, no sólo por su oficio sino también por su compromiso social. Mi padre era una persona transparente, dentro y fuera del trabajo. Y eso nos lo trasmitió».

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«Mi marido Manolo era nieto de pasteleros, había nacido en Haro, donde la familia había iniciado la actividad. Cuando nos casamos, nos fuimos a Santiago de Compostela con el mismo oficio. Allí nació Vega y estuvimos dos años. Como toda la familia quería que volviésemos a La Rioja, tuvimos un contacto con el 'Café de los Leones', que era una cafetería muy conocida en Logroño. Querían hacer un departamento de pastelería, independiente de la cafetería. Vinimos en el 56, para San Bernabé, y estuvimos seis años. En esa época se hizo la campaña de 'La sonrisa de los niños', donde se hacía pastelería artística, con motivos navideños o sobre la actualidad de la época. Luego los postres se sorteaban y todo lo que se obtenía se donaba a la beneficencia, que era un asilo para niños», cuenta Milagros, quien acompañaba a su marido en el trabajo, pero aclara que sólo atendía la parte comercial y de ventas.

La primera chocolatería

En 1963 se trasladaron a El Espolón y allí se estableció la primera chocolatería. «No existían estos comercios, por eso se creó la pastelería con chocolatería. Allí estuvimos seis años, hasta venir aquí, a Víctor Pradera 6, aunque también tuvimos una sucursal en Vara de Rey por 20 años y otra en Marqués de la Ensenada», agrega.

En 1978 murió su marido, Manolo, pero continuó con la historia. En 1992 decidió pasarle el oficio a su hija, Vega, quien se encarga de explicar aquel momento. «Empecé sola, pero tuve que incorporar a mi marido. Él no tenía nada que ver, era ingeniero mecánico, pero como le gustaba decidió aprender el oficio», dice.

Eduardo Zangróniz, su marido, es quien desmenuza la aventura. «Yo me acercaba por el taller de elaboración de la calle Poeta Prudencio, el obrador, y si había alguna máquina averiada, como estaba estudiando ingeniería mecánica, entonces se las arreglaba. Cuando mi suegra se jubiló, le planteó la idea a mi mujer y ella me dijo: 'Yo sigo pero si tu vienes'. Como estaba trabajando en otro lugar, mi respuesta fue: 'No'», relata.

Pero Eduardo no pudo eludir al destino y decidió acompañar a Vega. «Yo tenía ganadería y cuando sobraban natas de la leche siempre me hacía una bizcochada con nueces... pero una cosa es la afición por la pastelería y otra distinta es dedicarte a ella. Cuando decidimos quedarnos con el negocio tuve que ir a una escuela y todos los años me hago una escapada para algo que pudiera surgir como novedad. Lo demás es trabajo, trabajo y prueba», sostiene Eduardo.

Esta historia de pasteleros tiene un final abierto. Es la continuidad de un oficio y de su transmisión de generación en generación. Es ya una historia recuperada, con algunos secretos desvelados y otros que quedarán por descubrir. Es, en definitiva, una dulce historia.



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