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Sábado, 18 de febrero de 2006
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AUDIENCIA
OPINIÓN
TRIBUNA
La paz está llegando
Me senté, en el único asiento que quedaba libre. A mi lado, un vejete de mirada acuática, en el vano intento de que ambos fuéramos más cómodos, se acercó más a su ventanilla. Para evitar más arrugas, se estiró bien la chaqueta y entonces me pareció que en su solapa llevaba sujeta una placa redonda de metal que anunciaba la Coca-Cola. Luego, ya más relajado, me dí cuenta que no, que en la placa rojiza lo que ponía era: «Yo corazón socialista». Por mi parte, me acomodé lo mejor que pude y saqué la montonera de periódicos atrasados que antes de subir había comprado. Siguiendo mi costumbre, fui subrayando de rojo los titulares que más me iban llamando la atención: «Lo único que hay que hablar con Eta es dónde y cuando entregan las armas» (sin duda), «Peces Barba es menos optimista que Zapatero sobre el fin de la violencia» (¿Jodo, Floro!). Dejó de mirar por un instante el esquivo paisaje y viendo lo que iba subrayando, se colocó mejor la insignia de la solapa y me dijo: «Dentro de poco llegará la paz». «Que Dios le oiga», le contesté, y como si nada hubiera pasado los dos continuamos enfrascados en lo que estábamos haciendo; yo, subrayando titulares y él, mirando por la ventanilla. «El Foro de Ermua ve saludable la marcha de Peces Barba» (y los que no estamos en el Foro también), El defensor del Pueblo, Enrique Múgica, afirmó que el fin de ETA debe ser «la rendición incondicional» con «vencedores y vencidos» (No hay otra). Recogí los periódicos y arranqué las hojas en las que había subrayado los titulares. Por el rabillo del ojo vi cómo el hombre miraba lo que estaba haciendo y le ofrecí, con un gesto, las páginas seleccionadas. Sonriendo, me dijo que no con la cabeza mientras que, con los labios, volvió a decirme risueño que estábamos muy cerca de la paz. O sabía más que yo o tenía una fe ciega en su partido y en nuestro gobierno. «Me imagino que no habrá que negociar con los terroristas, ni empezar a hablar de treguas trampa, le dije; las provincias vascongadas; la unidad de España; nos estamos jugando mucho y llevamos muchas muertes en las espaldas como para empezar ahora a bajar la guardia». Me miró sonriente: «Pronto llegará la paz». Sin duda que aquel viejo socialista tenía mucha más fe que yo en Zapatero y en su gobierno de talante. No dijo nada más y volvió a extasiarse contemplando el paisaje. El autobús estaba parando y una nube de polvo nos envolvía mientras un grupo de chiquillos correteaba a nuestro alrededor. Estaba levantándome de mi asiento cuando un matrimonio mayor se acercó a recoger al abuelo. «¿No le habrá molestado?». «No, en absoluto» -le dije-. «Es que es sordo». Los vi alejarse y entonces comprendí que aquel abuelo llevaba razón. Es más, pensé, que aquel anciano socialista me había dicho la verdad. Sin tapujos, sin dobleces y sin rubalcabadas. No es que la paz estuviera cada vez más cerca, es que ya habíamos llegado. Y bajándome en la vieja Plaza de Armas, pisé por primera vez las tierras de La Paz, la capital de Bolivia. Para que luego digan de los rogelios que no pegan ni una.



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