Ahora, una denominada 'Junta de Expurgo' del TSJR está a punto de iniciar la descomunal tarea de revisar todos los archivos que allí descansan y decidir qué se hace con cada uno de ellos. Algunos podrían pasar al Patrimonio Histórico de la Comunidad, otros se destruirán, y los restantes serán vendidos en subasta pública o entregados a las personas implicadas en los casos si es que los reclaman.
De momento se apilan con poco orden en pasillos interminables de polvorientas estanterías, en lo más profundo de la bodega de ese gran y vetusto trasatlántico que es el Palacio de Justicia. Allí reposan desde los pleitos entre los miembros de un matrimonio mal avenido hasta la confesión de un homicida, pasando por el sumario de un enquistado asunto de lindes en un pueblo de la sierra o, tal vez, la sentencia que condenaba a un imputado a la pena de 'garrote vil'. Estremece pensar que casos que han marcado de forma tan honda la vida de miles de familias riojanas puedan tener ahora una trasposición documental tan inerte y callada. Son alrededor de 20.000 cajas repletas de archivos, más innumerable legajos de papel amarillento atados con cuerda.
En el mismo sótano desconchado y con manchas de humedad se encuentran también acumuladas las pruebas de convicción utilizadas en miles de juicios. Se puede encontrar cualquier cosa imaginable: una moto, un carro de niño, una botella de aceite, una cortadora de césped, un par de guantes negros (¿tal vez los utilizados para un robo?), una caja de bombones (¿envenenados?), una soga (¿la de algún estrangulamiento?), una máquina de escribir, una hucha, un hierro oxidado...
La 'Junta de Expurgo' está compuesta por el magistrado Luis Loma-Osorio, que ejerce de presidente, más cinco vocales. Por delante tienen años de trabajo.