Los vecinos de Cantabria viven los derrumbes con dudas y preocupación
«No sabemos lo que es, pero no será porque no hemos soltado dinero», se lamentaba días atrás una vecina del portal 29 de la calle Cantabria, donde en diciembre pasado cedió la techumbre de la bajera del inmueble. El pasado domingo, ella y su marido se vieron de nuevo sorprendidos por el fuerte ruido de otro derrumbe, en este caso de la lonja contigua (del número 27). Con parte del techo se desplomaron también las terrazas de los vecinos del primero.
«¿Susto? No mucho ¿Cómo ya lo esperaba! -apunta el marido- El otro día, cuando se desplomó el techo del 27, ya le dije a ésta (y señala a su esposa): 'ya se ha hundido la otra terraza', porque lo veía venir».
En la manzana afectada por este deterioro (entre Cantabria, Manzanera, Quintiliano y Ruperto Gómez de Segura), los vecinos hablan de 'las terrazas hundidas' y lo hacen con incertidumbre y preocupación. El trasiego de técnicos municipales y periodistas en la zona no les saca de dudas. Es más, algunos presidentes de comunidades de propietarios ya se han dirigido a la Asociación de Vecinos 'Madre del Dios' para pedir información y asesoramiento. Hablar de 'aluminosis' infunde demasiado respeto.
Hasta ahora, lo único cierto es que el Ayuntamiento asumirá el coste de los estudios técnicos que determinen las causas de los derrumbes. A partir de ahí, serán los vecinos quienes deban asumir los arreglos, si bien la maquinaria municipal -además de la asociación 'Madre de Dios'- ya se ha puesto en marcha para respaldar a los afectados.
Terrazas «muy viejas»
A pie de calle, el tema está en boca de la mayoría. «Estaba fregando el domingo y oímos un gran ruido. ¿Qué pasa?, dijo marido. Nos asomamos y toda la gente estaba mirando por las ventanas. Si hay alguno debajo, le mata». Así contaba una inquilina del barrio cómo vivió el último derrumbe, al tiempo que explicaba a su interlocutora (otra vecina) que las terrazas «están muy viejas».
Ella vive alquilada en la calle Cantabria desde hace ocho años y, aunque nunca ha tenido problemas en la vivienda, reconoce que en el barrio cada vez es mayor la presencia de inquilinos, muchos de ellos inmigrantes, y los pisos no se arreglan como si los ocupara el propietario.