El Heidelberghensis daba miedo. Un macho adulto podría superar, fácilmente, los cien kilos de peso. Estaba hecho para correr lejos y rápido, para sobrevivir a un mundo nada sencillo para su especie. Era bastante más corpulento que nuestra especie. Sus cráneo le daba un aspecto terrible, con sus dos grandes arcos óseos sobre los ojos, la ausencia de mentón, la cara ancha y maciza. Puede, o eso aventuran los expertos, que cuando estos homínidos -o sus descendientes, los neanderthales- vieran a los primeros Homo sapiens los encontraran «muy monos»: tiernos, casi infantiles, con las mismas características óseas que sus propios niños.
Esos «niños» acabarían desplazándoles: eran más listos. Lo cual no quiere decir que los Heidelberghensis fueran tontos. De hecho, su especie dio algún salto casi sideral para los homínidos. La Sima de los Huesos de Atapuerca podría ser el primer enterramiento de la humanidad. Aquellos enormes homo habían aprendido que eran mortales.