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Miércoles, 15 de febrero de 2006
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AUDIENCIA
REGIÓN
EL TESTIMONIO
«Queremos que mi madre tenga justicia»
Las hijas de la víctima relatan que los malos tratos eran continuos
Fueron los testimonios más emotivos de la vista oral, los de las personas que mejor conocían los entresijos de la vida de Teresa y Pedro. Las dos hijas del matrimonio subieron al estrado a última hora de la mañana, prometieron ante el Tribunal decir toda la verdad y relataron el infierno que ellas mismas y su madre habían vivido durante años en el hogar familiar de Alfaro.
LA VISTA. El acusado observa a uno de los jueces. / D. URIEL
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La primera hija contó cómo mantenía una relación muy cercana con su madre. «Hablábamos todos los días por teléfono y nos veíamos con bastante frecuencia», recordó, con una gran entereza. Pero hace más de cinco años decidió dejar su casa alfareña para no soportar el acoso que, supuestamente, su padre infligía a su madre. «Los malos tratos psicológicos eran continuos», indicó la testigo.

En ocasiones, Pedro, según contó su hija, había llegado a traspasar la línea del acoso moral para llegar a la violencia física. «En el 2002 o el 2003, el médico de cabecera comprobó que mi madre tenía moratones en los brazos», dijo. Según relató esta alfareña, hubo varios juicios de faltas por malos tratos que ganó Teresa, aunque el escrito de la Fiscalía no recoge precedentes de violencia doméstica. «Aquello no sirvió para nada», relató amargamente la hija de la víctima, antes de añadir que la relación de ella y su hermana con su padre, aunque deteriorada, seguía siendo «más o menos cordial teniendo en cuenta tantos años de malos tratos». «Pero habíamos dejado de acudir a la casa de Alfaro y era ella la que venía a vernos a nosotros», subrayó. En su declaración, destacó el coraje de su madre. «Hacía las tareas de casa, llevaba una vida normal, y lo más importante, ella fue capaz de educar sola a sus dos niñas». «Por eso, quiero que ahora ella pueda tener justicia», concluyó.

La segunda hija del matrimonio también incidió en la petición de justicia. El día de la muerte de Teresa, el 1 de octubre del 2004, la víctima estaba preparando la maleta para desplazarse el día siguiente a Zaragoza a visitarla. En la capital aragonesa había estudiado la carrera y allí se quedó a trabajar. «La violencia física entre ellos había mermado porque mi padre se había hecho mayor y nosotras teníamos más fuerza en casa», contó. Pero no pudo declarar mucho más porque le embargó la emoción. «No queremos venganza, sólo que se aplique la ley», dijo, ya con lágrimas en los ojos.

Intervino también en la vista una persona que conocía bien a la pareja, un ATS de Alfaro, que describió los problemas psicológicos de Teresa. «Sufría esquizofrenia, y era fácil verla por el pueblo diciendo que le habían envenenado el agua y que la querían matar», relató este profesional, que veía cómo la fallecida cogía agua en el ambulatorio y lavaba la ropa en el centro médico porque temía hacerlo en su casa. También dijo que Teresa sólo se fiaba de las enfermeras que conocía.



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