Esa situación ha sido clave a la hora de proyectar el edificio. El arquitecto logroñés Juan Marín, encargado de la obra, decidió construir un edificio lo más compacto y discreto posible; el proyecto debía, eso sí, aprovechar las privilegiadas vistas.
Así se crea el tanatorio, en una pastilla rectangular estricta. Hacia fuera, el conjunto se viste alternativamente de claro y oscuro. El color marrón enmarca la zona de las amplias cristaleras y de la entrada. Esa entrada, por cierto, es el único punto donde la envoltura del edificio rompe ligeramente su estructura ortogonal, para retranquearse ligeramente y crear un pórtico de entrada algo más amable al visitante.
Esa amabilidad tiene que ver también con la distribución interior. El arquitecto ha apostado por la luz natural: con grandes cristaleras en las salas que dan al exterior, o con «pozos de luz» en las que son interiores. El conjunto de la planta -enormemente sencilla- se completa con despachos y dependencias técnicas del tanatorio.