Cualquier país con una adolescencia más o menos bien alimentada puede criar algún especimen de dos metros con brazos como troncos capaz de hacerse fuerte sobre la moqueta. ¿Quiénes se enfrentaron en la última final de la Davis? Nada menos que Croacia contra Eslovaquia, un puro duelo de cañoneros donde el tenis, el tenis de toda la vida, sucumbe ante el cinemómetro. Al parecer, no se trata tanto de jugar mejor como de pegarle más duro. Para estos casos, el peso de la historia, el aprendizaje de los distintos palos que atesora este deporte, apenas cuenta. Parece preferible ignorar la tradición y asesinar cada bola a estacazos. Así que hoy puede ser en Bielorrusia donde se arruinen las esperanzas españolas, pero sucede que incluso minúsculos estados sin herencia tenística alguna representan ahora una oposición formidable. ¿Quién pudo sospechar que Suiza alimentara a un Federer? ¿Quién imaginó que Chipre daría un finalista de Grand Slam? ¿Qué país será el siguiente? ¿Andorra? Porque Luxemburgo ya tiene a Gilles Muller, el mismo que despachó a Rafa Nadal de Wimbledon. Hay artistas empuñando raquetas por todo el planeta, pero el tenis globalizado no resulta un tenis mejorado.
(P.D. Ni haciéndose uno bielorruso de repente encuentra algún motivo para la satisfacción viendo jugar a Mirnyi. El trépano de avenida de España posee un encanto parecido. Robredo dobló la rodilla, el tenis nunca brotó y sólo quedó el conocido sabor de la tristeza).