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Miércoles, 1 de febrero de 2006
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Cariño de tres tenedores
La Academia de Gastronomía homenajea a las hermanas Alcalde, propietarias del Iruña
L as hermanas Alcalde lo repetían sin cesar: «No nos lo merecemos, pero ¿por qué este homenaje, si sólo hemos cumplido con nuestro trabajo?», se preguntaban. Y Luis Javier Rodríguez Moroy, presidente de la Academia Riojana de Gastronomía, les daba una razón que no podían refutar: «¿Porque lo habéis hecho tan bien en vuestro trabajo que es lo mínimo que os podemos dedicar vuestros amigos!». Y Jesu y Amparo, modestas, giraban la cabeza, sonreían y seguían diciendo: «No nos lo merecemos».
Cariño de tres tenedores
FELICES. Las Alcalde, flanqueadas, entre otros, por Francis Paniego y Luis Javier Rodríguez Moroy. / A. IGLESIAS
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El Hotel Carlton de Logroño acogió ayer una cena de homenaje a las hermanas Alcalde, propietarias del Restaurante Iruña de Logroño, que cerró sus puertas en octubre después de 49 años. «Con ellas se ha ido la mejor cocina tradicional riojana», se lamentaba Rodríguez Moroy. «A los jóvenes cocineros, con todo lo bien que lo hacen, no les gusta estar, como nosotras, a 70 grados de temperatura en la cocina», recordaba Jesu. Ése quizá fuera el secreto del sabor del Iruña. O la utilización de leña, carbón y los productos del día del mercado. O el licor de mandarina y limón, que una vez tuvieron que dejar de servir. O el mimo que desplegaban las cocineras. «Cuando se nos estropeó la cocina», relataba Amparo; «nadie nos la podía arreglar porque era muy antigua, antigua. Al final, nos las arreglamos, de casualidad, con un albañil y con un herrero que nos fundió la chapa. ¿No sé qué habríamos hecho si no, porque nunca hemos sabido cocinar de otra manera!».

Ayer era una noche de recuerdos, pero sobre todo, de reconocimiento. No faltó el cocinero riojano de más fama, Francis Paniego, que posó orgulloso con las homenajeadas. Ni muchos de sus clientes «que se convertían automáticamente en amigos», como decía Jesu. Y es que en los pequeños detalles se entiende el afecto cosechado en medio siglo de vida. «Podía estar yo sin ir al Iruña un par de años», comentaba Luis Javier Rodríguez Moroy. «Y cuando regresaba, me decían: '¿Quieres que te saque lo mismo que la última vez, y el mismo vino?'».




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