El demócrata Paul Sarbanes, miembro del Comité Bancario del Senado, alabó los «muchos éxitos y logros» de Greenspan para citar, solo de pasada, que discrepó con el ejecutivo de 79 años cuando éste respaldó los recortes tributarios de la Casa Blanca en el 2001. Esas reducciones fiscales agravaron el abultado déficit público de EE. UU., un peligroso desequilibrio que el propio Greenspan considera ahora necesario corregir.
Alan Blinder, ex vicepresidente de la Reserva Federal ('Fed'), insistió, de todos modos, en que aunque respaldar la bajada de impuestos no fue una buena idea, la medida no es obra de Greenspan, sino de la Casa Blanca y el Congreso, que la aprobó.
Más allá de esos debates, lo que verdaderamente se recordó ayer fueron los aciertos de Greenspan, como la clarividencia de que hizo gala en 1996, cuando predijo un auge de la productividad de los trabajadores en la que nadie creía por aquel entonces.
El 'maestro', como lo define Bob Woodward en su biografía, vaticinó que una mayor productividad permitiría que la economía creciera más rápido sin alimentar la espiral de inflación, y se opuso a subir los tipos de interés. Su decisión prolongó el apogeo de los 90. Entre 1993 y 2000, EE. UU. creció a un ritmo del 4%.
«Greenspan disfruta de una inusual habilidad para compilar datos y ver sus conexiones», dijo Jim Stock, profesor de economía de la Universidad de Harvard, quien añadió que el responsable de la 'Fed' es capaz de «anticipar cambios económicos con cifras aparentemente insignificantes».
Entre las hazañas que le han permitido alcanzar estatura de gigante figura su manejo de las crisis financieras, como el desplome bursátil de 1987, poco después de su aterrizaje en la 'Fed', o las turbulencias de 1998 tras la quiebra del fondo de alto riesgo Capital Management.
Con ese historial a sus espaldas, no es de extrañar que en Wall Street se viviera ayer con más resignación que entusiasmo su salida de la Reserva Federal. «Tiene casi 80 años y hay que aceptar que tiene que jubilarse», dijo David Wyss, economista de la firma de calificación de riesgo Standard & Poor's, que describió el mandato de Greenspan como «el más exitoso de todos los tiempos».
Entre sus expresiones más famosas está la de «exuberancia irracional» que usó en diciembre de 1996 para definir la orgía alcista que vivía Wall Street. Las bolsas cayeron aquel día y, aunque volvieron a remontar el vuelo, la historia daría la razón a Greenspan a partir del 2000, cuando la bolsa neoyorquina interrumpió su escalada alcista y empezó a pagar, uno por uno, los pecados del pasado.