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Domingo, 29 de enero de 2006
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TRIBUNA
Un paréntesis en la historia de España
HOY, hace veinticinco años, dimitió Adolfo Suárez. He de reconocer que hablar en estos momentos de la figura del presidente del Gobierno entre 1976 y 1981 es sumamente difícil, dadas las penosas circunstancias personales en las que se encuentra, que se suman a las que ha atravesado su familia a lo largo de los últimos años. No obstante, ello no impide que desde el respeto a su persona podamos hacer una valoración del Suárez político y, en concreto, del por qué de su todavía hoy inexplicada renuncia a la presidencia del Gobierno. Por otro lado, resulta sin duda un tanto socorrido y hasta criticable que los historiadores nos apuntemos tanto a los aniversarios, como si fuera de los mismos nuestra voz debiera permanecer muda. Algo de verdad hay en todo ello, pero también es cierto que todos necesitamos una ventana de oportunidad por la que a través de ella podamos viajar en esa peculiar máquina del tiempo que es la historiografía, una ciencia histórica, eso sí, que en el caso que nos ocupa se ve tamizada por nuestros recuerdos individuales y colectivos.

Como los menos jóvenes del lugar recordarán, Adolfo Suárez fue nombrado presidente del Gobierno en julio de 1976, tras la dimisión de aquel franquista recalcitrante que era Carlos Arias Navarro (¿quién no recuerda el momento en el que anunció a los televidentes la muerte de Franco al borde de las lágrimas?), doble presidente del ejecutivo tanto con el Caudillo como con Juan Carlos I. Dada la reconocida inoperancia de Arias, hay historiadores que consideran que la transición democrática se inició en realidad durante el mandato de su sucesor, quien se mostró como un hábil conductor del proceso democrático. Este primer Suárez es sin duda del que tenemos mejores recuerdos, pues es ampliamente reconocido que entre julio de 1976 y marzo de 1979 desplegó sus mejores habilidades para incorporar a la reforma a parte de la clase política franquista y a un sector importante de aquello que en la época se llamó el franquismo sociológico y, desde el otro lado del espectro político, a los que desde la oposición democrática reclamaban la ruptura. Suárez y otros protagonistas de la transición consiguieron, por ejemplo, que las Cortes franquistas se hicieran el harakiri -la imagen de Suárez en el momento en el que éstas aprueban la Ley para la Reforma Política es una de las de mayor fuerza visual de aquellos años-, también que esta disposición fuera ratificada en referéndum por unos españoles que iban recobrando su antigua condición de ciudadanos, y como culminación de aquellos dificilísimos meses que el Partido Comunista de España fuera legalizado en aquel famoso Sábado Santo Rojo de 1977. Como es natural toda figura pública presenta claroscuros, pero el retrato de conjunto que podemos hacer de aquel primer Suárez se corresponde con el de un hombre habilidoso y valiente, que contribuyó junto a otros actores individuales y colectivos a que la democracia en España sea una realidad hoy en día.

Sin embargo, tras la celebración de las elecciones generales de junio de 1977, la firma de los idealizados Pactos de la Moncloa y la aprobación de la Constitución Española de 1978, el Suárez que emerge después de las elecciones legislativas de marzo de 1979 es bien distinto al anterior. Este segundo Suárez puso al descubierto algunas de sus limitaciones, menos observables en un periodo en el cual el presidente tenía que comparecer más ante las cámaras de Televisión Española que ante las Cámaras con mayúsculas. El presidente no era un buen parlamentario, tal y como se evidenció en el debate de su investidura de 1979 y en la moción de censura presentada por un agrandado Felipe González en 1980. Además de todo lo anterior, su partido de partidos -la UCD- era una auténtica jaula de grillos en la que alborotaban barones territoriales, parlamentarios y algún que otro émulo con intrincados apellidos, griterío que se sumaba al generado por las diferencias ideológicas existentes entre las distintas facciones ucedistas ('azules', liberales, democristianos, socialdemócratas). Si a todo ello añadimos que en 1980 ETA alcanzó su zénit criminal y que desde 1979 sufríamos las consecuencias de la segunda crisis del petróleo, podemos imaginarnos cuál debía ser el estado de ánimo de un Adolfo Suárez sometido a constantes críticas desde la oposición democrática y, como es natural, desde las filas de la coalición de golpistas, para los cuales el presidente era sencillamente un traidor.

En consecuencia, ¿por qué dimitió Suárez? En realidad, no lo sabemos a ciencia cierta y por ello la renuncia del presidente sigue siendo uno de los grandes misterios de la transición democrática. En su momento, se habló de las presiones ejercidas por los militares pretorianos y por la 'gran derecha'. Con posterioridad, se dijo que la dimisión fue la consecuencia lógica del encadenamiento de circunstancias que acabamos de explicar someramente. Sin embargo, creo que siguen siendo muy significativas las propias palabras de Adolfo Suárez al anunciar públicamente su abandono de la función presidencial: «Yo no quiero que el sistema democrático de convivencia sea, una vez más, un paréntesis en la historia de España». Si se tiene en cuenta que tan sólo un mes después tuvo lugar el (o los) 23-F, cualquier aprendiz de historiador podría interpretar que Suárez pretendía parar el anunciado golpe de Estado con su dimisión, aunque es evidente que no lo consiguió. Fue, precisamente, su gallarda actitud ante la ocupación del Congreso de los Diputados por un espectro del pasado y sus huestes, la que lo empezó a redimir ante el conjunto de una atemorizada ciudadanía. A partir de entonces, y a pesar de otros errores posteriores, Adolfo Suárez empezó a ser contemplado progresivamente como el primer presidente de la democracia española. Ni más ni menos.



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