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Domingo, 29 de enero de 2006
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OPINIÓN
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La memoria histórica
Hasta la memoria es ya simple propaganda. La historia, cuyo conocimiento verdadero debería ser obligatorio cuando se postula a cualquier cargo público, se convierte en la primera víctima de quienes pretenden esclavizar a sus conciudadanos. Así, la mentira, se transforma en la base de toda acción política, en la justificación de todos los errores. Y calculan llegado el momento de que la ciudadanía, concienzudamente preparada durante años a la que, a machamartillo, se la ha saturado de todo el rosario de tabúes de lo políticamente correcto y que ya se la cree despojada de todo espíritu crítico, comulgue con ruedas de molino.

Pero, la mentira, produce paranoia, y es la paranoia la que cree que no hay más voz del pueblo que su boca llena, mientras masculla constituciones que roe; es ella la que habla de «ansias infinitas de paz» mientras firma guerras secretas en el Tinell, es ella la que habla de memoria histórica y no se acuerda de que, con sangre, ya hizo lo mismo en los años treinta; y, en fin, es ella quien, «espumando en babas los hervores de las azumbres», se autoerige en creadora de nuevos mundos.

También es ella la que dice que los asesinados están bien asesinados, que las víctimas son odiosas, que la palabra 'España' es el colmo y resumen de todos los fascismos, que los 85.000 muertos españoles del 2005 no importan y piensa que Menguele era malo sólo por haberse equivocado de época y de régimen.

Y es que, la paranoia, hace acampar arracimados, como los mejillones en las rías gallegas, a todos los 'bobos solemnes' que, por no saber ni entender nada, abjuran de su ser y se 'sienten' qué sé yo, por ejemplo, natales de Andrómeda, donde obligatoriamente deberemos ir todos diluyéndonos en el vacío de los espacios siderales. ¿No, bwana!



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