Se preguntaba Julio Llamazares en una de sus novelas si hay vida antes de la muerte. No sé si se podrá afirmar de todas las vidas, pero sí la hubo, y mucha, en la tuya: Antonio García Aparicio. La Rioja se ha empobrecido con tu desaparición. Nos hemos empobrecido todos, porque ya no tendremos al lado al hombre de quien siempre aprendíamos.
Quiero recordar nuestros primeros encuentros: yo era muy joven y acababa de ingresar en el Partido Socialista. En los primeros comités regionales a los que asistí (eran los años 80), por encima de los discursos más o menos vehementes de los compañeros, siempre estaba la profunda sabiduría e individualidad de tus intervenciones: casi siempre el profesor, el intelectual, prevalecía sobre el político, aunque nunca perdiste la capacidad para saber dar respuestas inteligentes a los problemas más cotidianos de la política. Pero siempre desde un fondo de sabiduría, de lecturas reposadas; siempre con un tono de voz de profesor: como si nos explicaras suavemente una lección universitaria; siempre con modestia, pero como de la abundancia del corazón habla la boca, desde el principio percibí en ti al que sería no sólo un amigo, también al mejor equipado intelectualmente de todos los compañeros del PSOE.
Cuando hubo que gobernar dirigiste con eficacia el gabinete del presidente, nuestro amigo Nacho Pérez; en la oposición, desde la tribuna parlamentaria, tu misma forma de ser expuso una lección que tantos no quieren comprender: que en democracia las formas son los fines.
No he podido conocerte como profesor de Literatura, pero la vida te permitió también escribir y publicar esa novela, El ojo fatigado de la luna, donde el docente y el novelista se dan la mano. Sé que de tu imaginación fértil han nacido otras historias. Especialmente deseo tener en mis manos una narración que me contaste una vez, aquélla en la que, tomando algún personaje de Galdós, reviviste aquella España doliente de la Restauración, aquella España que vio nacer también de la mano de un puñado de tipógrafos y algún médico, nuestro Partido Socialista Obrero Español.
No quiero tampoco olvidar al hombre que durante tantos años estuvo cercano a la teología, que no vio ninguna incompatibilidad -como otros tampoco la vemos- entre la lucha del socialismo por un mundo más justo y los valores evangélicos.
Una vida intensa, plena, la tuya, profesor, amigo. Ligero de equipaje se nos ha ido un hombre bueno, uno de los mejores, el hermano que vivirá en nosotros mientras nosotros vivamos: Antonio García Aparicio.