Los profesionales riojanos festejaron ayer a su patrón, San Francisco de Sales
Estaba el hombre pero faltaba el periodista. Ayer, el que esto suscribe, estaba en crisis. No vital ni nada de eso, aunque igual de profunda. Tampoco era ese típico rollo de la angustia ante el papel en blanco y tal. No, no. Uno ya tiene suficientes tablas para solventar con holgura cualquier compromiso con sus lectores. Dudaba de mi profesión. Sí, señor, una crisis profesional de tomo y lomo. Tampoco hizo falta que viniera Arcadi Espada para restregarme en el rostro lo que ya sabía: que nunca hay que dejar que la realidad estropee una buena noticia. Pues eso, que ahí andaba yo, tratando de encontrar mi sitio entre las supuestas bondades de una profesión, ejem, liberal y su sometimiento a las leyes de la oferta y la demanda.
Lo mío, lo reconozco, también es morboso: ir a ponerme trascendente el mismo día en el que todos mis colegas celebraban a su patrón, San Francisco de Sales, un santo que para colmo no es capaz ni de subvencionar un día de fiesta. Descreído como estaba me acerqué hasta la Casa de los Periodistas para ver cómo mis colegas honraban a su patrón en su particular altar y así dar fe -con el permiso del también colega Justo García Turza, quien ofició la misa- del evento.
Poco a poco, la sala de exposiciones de La Casa de los Periodistas -les recomiendo la exposición sobre Mujeres de Moda que allí se encuentra expuesta- se fue animando. Colegas de todo el espectro periodístico intercambiaban opiniones mientras deglutían queso de cabra, jamón pata negra y daban buenos sorbos del Viña Tobía. En este trasiego, Rubén Marín, que trabaja en el gabinete de prensa de la UR, me habló también de sus crisis y dudas sobre nuestra profesión, idílica para quien no la ejerce y no pocas veces frustrante para quien vive de ella. No sé si porque corrió la noticia de mis dudas -ya se sabe, entre periodistas...-, el caso es que Nuria Solozábal y Maite Íñigo me presentaron a un periodista argentino, residente entre nosotros desde hace un año, que trabaja en una empresa de mudanzas.
Mientras trataba de buscar la intención, Carlos, que así se llama el periodista argentino, me mostró con su ejemplo las grandezas y miserias de una profesión que, y ahí está la clave, se lleva en la sangre hayas nacido en Buenos Aires o en un pequeño pueblo de La Rioja. Convertido de nuevo al periodismo, alcé mi copa y brindé por un patrón que, además, es capaz de unir en torno a una mesa a gentes de la izquierda, de la derecha, de arriba y de abajo, de un lado del Atlántico y de otro.
Va por nosotros.