Estaba el hombre pero faltaba el periodista. Ayer, el que esto suscribe, estaba en crisis. No vital ni nada de eso, aunque igual de profunda. Tampoco era ese típico rollo de la angustia ante el papel en blanco y tal. No, no. Uno ya tiene suficientes tablas para solventar con holgura cualquier compromiso con sus lectores. Dudaba de mi profesión. Sí, señor, una crisis profesional de tomo y lomo. Tampoco hizo falta que viniera Arcadi Espada para restregarme en el rostro lo que ya sabía: que nunca hay que dejar que la realidad estropee una buena noticia. Pues eso, que ahí andaba yo, tratando de encontrar mi sitio entre las supuestas bondades de una profesión, ejem, liberal y su sometimiento a las leyes de la oferta y la demanda.