Ayer, en Las Gaunas, había dos equipos. No se rían, que semejante cosa no suele suceder: la mayoría de los rivales del Logroñés salen derrotados de los vestuarios y juegan al trantrán, gustándose, como si disfrutaran de un premio o echaran una pachanguita... qué más da si les caen cinco, seis o siete. Pero el Ríver Ebro, no. Los del Ríver Ebro son gente seria y con orgullo. Les duele perder. Aunque sea contra el Logroñés. Y tienen gente rápida, futbolistas con coraje que no renuncian (si la suerte acompaña) a marcar un gol en Las Gaunas. Así que los blanquirrojos se encontraron con un conjunto inferior (como todos los de la categoría), pero aguerrido y entusiasta. Y lo sufrieron. Sin dar una mala patada, los jugadores del Ríver tenían las ideas muy claras: cuando cogían la pelota, corrían como gamos; y cuando la cogían los del Logroñés, se replegaban como caracoles. Así aguantaron casi sesenta minutos. Y eso que jugaban con diez desde el minuto 35, cuando a Alfredo se le ocurrió dar un manotazo a un rival.