EL año pasado me tocó trabajar en la elaboración de un informe sobre la Infancia Desfavorecida en el mundo y no puedo guardar para mí lo que he leído, los datos a los que me he enfrentado, las realidades tan crueles en las que tienen que vivir tantos niños y niñas. Y de nuevo quiero dejar claro que las estadísticas llevan siempre nombres propios. Detrás de los números hay familias enteras desestructuradas, niños y niñas que no pueden no hacer lo que para nosotros resulta un escándalo como la guerra y la prostitución, y que no pueden salir adelante dada su escasa preparación y su falta de salud.
Es propio de la infancia reír, jugar y esconder con sus gritos alegres las situaciones que, en la soledad, provocan llanto. Es muy duro no poder satisfacer necesidades básicas. Es triste no saber leer. Es doloroso padecer y morir cuando todavía no es el momento. Provoca rabia saber que muchas enfermedades son susceptibles de curación con bastante menos dinero de lo que cuestan ciertos medicamentos explotados por grandes firmas farmacéuticas.
Los siguientes datos son para tomar nota... una vez más. Ahora, en este momento, 640 millones de niños y niñas carecen de una vivienda adecuada. Otros tantos no tienen acceso al saneamiento. 400 millones no pueden consumir agua potable. 300 millones carecen de acceso a la información. 270 millones nunca han acudido a la escuela. 90 millones de niños y niñas sufren graves privaciones de alimentos. Por si esto fuera poco, la Organización Internacional de las Migraciones denuncia el tráfico de niños destinados a ser víctimas de la prostitución, la mendicidad o cualquier otra clase de esclavitud.
Leemos todo esto, movemos la cabeza... y pasamos al siguiente artículo. Nos interesa que a los nuestros no les falte nada. Los demás... ¿están tan lejos!
Hay muchos niños en el mundo que viven una auténtica pesadilla. O puede ser que vivimos todos en un mundo de pesadilla.
Perdemos muchas energías en demostrar que lo mío es lo mejor y, por consiguiente, lo malo es lo de los demás. Hacemos todo un mundo de nuestros pequeños problemas domésticos, giramos demasiado en torno a nosotros mismos. Ello puede llevarnos a olvidar, al menos a descuidar, asuntos vitales. Según Carol Bellamy, directora ejecutiva de UNICEF, «si no conseguimos proteger a la infancia, no alcanzaremos otros objetivos más amplios y generales en favor de los derechos humanos y el desarrollo económico. Es así de simple».
Ante todo esto, uno puede permanecer insensible -como el que se encuentra resolviendo un hipotético problema de matemáticas-, o puede ver en ello la injusta y cruel realidad.
La Jornada Mundial de la Infancia Misionera, que celebramos hoy, pretende que no nos mantengamos impasibles frente a estos dramas humanos que son más grandes y graves por cuanto afectan a los más pequeños y débiles. «No puede ni debe haber niños usados para el contrabando de droga, para los pequeños y grandes crímenes, para practicar el vicio. No puede ni debe haber niños asesinados, niños eliminados, niños condenados a muerte. No puede ni debe haberlos. Es el Papa quien lo pide, quien lo exige en nombre de Dios y de su Hijo, que ha sido niño» (Juan Pablo II).
En un tiempo en que ni las noticias más espeluznantes, ni las imágenes más desgarradoras llegadas de otros lugares de nuestro planeta, provocan la más mínima reacción en unas sociedades que parecen estar anestesiadas contemplando la vida banal de personajes sin importancia, la Infancia Misionera quiere interpelar a los corazones, a los sentimientos, para que todo nuestro ser se estremezca al hacernos partícipes de las vergonzosas realidades que viven millones de niños y niñas de los llamados países del Tercer Mundo.
La Infancia Misionera es una red de solidaridad tejida entre todos los niños del mundo. También está presente en La Rioja. La sensibilidad de nuestros niños es grande y, participando en actividades cuyo objetivo es abrir los espíritus al mundo, cooperan para que en todo lugar sus jóvenes amigos vivan con dignidad.
Me llamó poderosamente la atención cómo los niños de Benin -África occidental- se reunían y cooperaban económicamente a favor de otros niños todavía más necesitados que ellos. Ante mi asombro me decían con una sonrisa: «Padre, siempre hay necesidades; nosotros ahora estamos bien. Otras veces nos han ayudado a nosotros...», y seguían con sus cantos y juegos. ¿Hay mejor Misión?
Comenzamos a amar y a sentir algo como si fuera nuestro cuando lo conocemos. Dar y dar vueltas solamente alrededor de nuestros intereses provoca mareos al ser el círculo muy pequeño. Abrirnos al mundo, salir de nosotros, sentirnos responsables en la construcción de un mundo mejor, nos ayuda a agrandar el horizonte, y a encontrarnos con otras personas. Esto es la Misión.
Ésta es la Misión que la Infancia Misionera propone que sintamos. Lo lleva haciendo durante los últimos 163 años. Nos lo propone no para quedarnos sentados, sino para poner manos a la obra: para restablecer la justicia, la libertad y el amor en las vidas de estos niños, tal como lo hizo y nos enseñó Jesucristo. Es una propuesta que, como escuela de evangelización, la Infancia Misionera lanza especialmente a los niños y niñas, para que, como hombres y mujeres del mañana, aprendan a defender la causa del Evangelio desde pequeños, siendo solidarios con los chicos y chicas de tierras lejanas, culturas diferentes y realidades más crueles.
Estas son algunas razones por las que pido unirnos a quienes en misiones se esfuerzan por liberar a los niños que padecen carencias en asistencia sanitaria y alimentación, falta de acceso a la educación, esclavitud laboral, explotación sexual, utilización en guerras y conflictos armados, abandono social y familiar y carencias en educación religiosa. Nuestra cooperación sirve para seguir atendiendo en los dispensarios, hospitales, orfanatos y en más de 65.000 escuelas a ese 60% de niños y niñas que solicitan un rincón en nuestro ardiente corazón.
Los misioneros son personas que han dejado sus familias, casas, trabajos y lugares conocidos en nombre de su fe, para dejarse acoger por otros pueblos y con ellos trabajar por un mundo más digno, más justo, donde todos tengan la oportunidad de ser protagonistas de sus vidas. Con el corazón en el Padre, como Jesús, van llevando la buena nueva creando y animando nuevas comunidades de cristianos, abriendo colegios, hospitales, centros de acogida queriendo llegar siempre de manera especial a los más marginados y desfavorecidos. Como san Pablo, respetando a cada pueblo en su diferencia, sueñan que un día llegará en el que «Dios será todo en todos».