ADOPTAR no es una decisión heroica o altruista. Es, simplemente, una vía como otra cualquiera de formar familias. Pero es cierto que en cada relato de alguien que ha pasado por esta experiencia hay testimonios de duras batallas libradas con los países de origen de los niños. Los padres deben (debemos) sobrellevar largos (eternos) silencios administrativos, renovaciones de gabinetes... Un cambio de gobierno de última hora puede dar al traste con un expediente a punto de resolverse después de 2 ó 3 años de espera (yo sufrí la fuga de Fujimori) o una inesperada reorganización legislativa, como la que está llevando Rusia, puede demorar una tramitación 'sine die'. Y todo ellos mientras los orfanatos se quedan pequeños y son menos los que pueden burlar un duro destino. Los niños de los orfanatos son los grandes olvidados. También en nuestro país, donde sólo populares debates sobre adopción y homosexualidad o reportajes sobre centros chinos los devuelven a la actualidad.
Los niños acogidos en orfanatos son los grandes olvidados entre los más desfavorecidos y ello a pesar de que se cuentan por miles. Sólo en Perú más de 15.000 niños están institucionalizados, privados de una vida digna porque la Justicia no da abasto para efectuar autos de abandono. Pero al otro lado del Planeta las cifras se repiten: en Rusia son más de 17.000 y el número va creciendo mientras las autoridades discuten si restringir las adopciones internacionales y centenares de padres desesperan (desesperamos) porque el hijo conocido y que nos aguarda no llega.
El requisito principal -se insiste en todo el proceso- está en la anteposición del interés del menor al propio. ¿Pero dónde queda el derecho del niño? Entre tanto, al padre sólo le queda cumplir con su deber de ser constante, paciente y no desistir de su propósito.