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Martes, 17 de enero de 2006
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TRIBUNA
Flechazo aymará
Ha saltado al aire estos días una flecha envenenada con el curare de la justicia social, el idealismo indígena y el paraíso prometido. Evo Morales será el domingo presidente de Bolivia y, dado que es indígena oprimido, ya es santo. Santo por origen, políticamente algo virgen y aspirante a mártir, es el momento de enamorarse de él.

Primero, por lo que se le viene encima. Otro indígena aymará le precedió en el palacio de Gobierno a mediados de los noventa, como vicepresidente. Apoyó privatizaciones y control del gasto, que redujeron la inflación y mejoraron las perspectivas económicas del país más pobre de Suramérica, con un 'plan de todos' que a los todos de siempre salió carísimo.

Y también es momento de enamorarse de él porque ha aguantado con aire de Viracocha inasequible a la estupidez ese alma de colonizadores que, sin reparar en vergüenzas propias o ajenas nos delata. El protocolo impuesto por el 'escorpión' del altiplano se ha saltado la lógica histórica. El buen salvaje debió aparecer ante el sucesor de los Reyes Católicos de similar guisa a como apareció su antecesor, sin jersey, simplemente con unas vistosas hojas de coca resguardando su expresión de género. Entonces, los amantes de la diversidad cultural hubieran alabado el hondo calado de sus raíces y la verdad desnuda que hay tras cada folklore.

Su folklore necesita empresas que no quieran hacerse ricas. Imposible técnico. Si hay que arrimar el hombro y el socio no lo hace, deja de ser socio. Pero si el rico y patrón si lo hace, deja de ser rico y patrón. El objetivo académico de los socios capitalistas es ser hoy más ricos que ayer pero menos que mañana. Es el ser o no ser del mercado. Morales quiere conciliar orillas inconciliables.

Bolivia no tiene orillas inconciliables, porque no tiene mar. O tiene el mar más alto del mundo, el lago Titicaca, donde las orillas concilian belleza, riqueza y una incontenible gana de enamorarse del barquero. Ahora. Luego, cuando pasen los cien días de la mística amorosa, costará más.

Quiere refundar Bolivia desde más atrás de Bolívar. Textualmente ha declarado que quiere salvar el mundo y eso asusta. Para evitar sustos añade que lo hará con las ideas del Che, pero sin sus tiros. Quizá fue un soldadito aymará quién disparó la bala que iba buscando Guevara, ya enfermo terminal de desplantes ideológicos.

El enamoramiento del Che será eterno, es lo bueno que tiene la muerte. De Evo Morales hay que enamorarse hoy. Puede que mañana salvar el mundo le enrede entre los faroles del cholo Chávez, la intransigencia del gallego Castro o el elegante distanciamiento del cosmopolita Lula. Mientras los indígenas -¿qué boliviano nacido en Bolivia no es indígena de Bolivia?- seguirán más o menos como siempre, intentando salir a flote. Puede que esta vez salgan.



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