En el establecimiento me advierten de que la fianza es de dos euros, que podré recuperar después de transcurrido un mes desde la fecha de compra y siempre que la tarjeta que devuelva no esté manipulada, rota o deteriorada por su mal uso.
Pido que me la recarguen con diez viajes (4,27 euros), un proceso que apenas dura unos segundos. Entre tanto, tras el mostrador me comentan que habrán vendido una docena, más o menos, durante toda la mañana.
Ya en la calle y con la tarjeta en la mano, me recreo en el rincón del Casco Antiguo logroñés que ilustra este plástico, así como en el autobús urbano que lo atraviesa.
Me dirijo a la primera parada de autobús urbano, elijo una línea al azar y me acerco al conductor con el consiguiente despiste sobre dónde colocar la tarjeta. Amablemente me indica un lateral de su caja de cobro, donde aparece dibujada la silueta de la tarjeta, y sobre la que debo apoyar ligeramente la mía por la cara de la banda magnética. Automáticamente, en el visor de la maquina aparece el saldo del que dispongo (9 viajes), algo que también podré comprobar en lo sucesivo en los puntos de recarga.
En esa línea, fui la tercera persona que durante la mañana de ayer se presentó con la nueva tarjeta. En el autobús de vuelta, sumé la decena. Durante el trayecto me entretuve leyendo una hoja de avisos pegada por la empresa Autobuses Logroño en un panel acristalado. Allí se explicaba la implantación del nuevo sistema de pago en sus vehículos y los quioscos donde adquirir las tarjetas sin contacto. Salí con la lección aprendida.