LA palabra libertad es un tópico en el habla de ciudadanos, políticos y medios de información. Su empleo suele ser demagógico y sirve más como arma arrojadiza contra el adversario dialéctico que como concepto base de una discusión racional. Existe una abstracción la libertad y una serie de libertades concretas que disfrutamos o de las que carecemos. Una de ellas es el prototipo alrededor del cual se configuran las demás.
El derecho a la propiedad privada fue el pivote sobre cuyo eje construyó el primer liberalismo el conjunto de las libertades. La libertad de unos pocos -los propietarios- para legitimar las libertades civiles y políticas que se postulaban abiertas a todos, aunque el sufragio para todos los varones y más aún el femenino tardasen en ser conquistados. Hoy día es otra la libertad-eje: la libertad de elegir entre los objetos de consumo que se nos ofrecen. El consumidor ha desplazado al propietario. Sólo si el mercado ha de ser libre podremos serlo. ¿Todos? sí, siempre que podamos pagar el precio que nos piden. ¿Puedo decidir aquello que realmente me apetece? En teoría sí, para ello me ayudarán las técnicas de publicidad para que acabe necesitando lo que me ofertan. Y el mercado ha conquistado todo o está a punto de conseguirlo, si lo dejamos, no sólo el área de los bienes económicos. La política hace tiempo que ha sucumbido a él. El marketing político ha arrumbado las ideologías. La imagen y los slogans demagógicos han hecho retroceder cualquier planteamiento racional. Las reglas electorales se construyeron para perpetuar el oligopolio que permita a los partidos dominantes el acceso eficaz al ruedo político de nuevas formaciones capaces de atraer votos. El período electoral se ha cronificado y los papeles de gobierno y oposición se han transmutado. Todo su tiempo se centra en alancear al rival político, no en resolver los problemas que aquejan a los ciudadanos.
Y en ese batallar político hay cómplices o los hacen actuar como tales. Solemos añorar el papel que los medios de información ejercieron en España en aquel período que llamamos la transición. El clamor popular por la democracia, manifiesto en sectores sociales y territoriales minoritarios, fue coreado, alentado y magnificado por ciertos medios escritos radiofónicos que se atrevieron a desafiar al poder, siendo ejemplo de coherencia profesional e independencia. La Iglesia española, mayoritariamente encabezada por el cardenal Tarancón, asumió el compromiso de aceptar la democracia y el ejercicio de su libertad dentro de un Estado confesional y una sociedad secularizada. Sin embargo, hoy quienes desde posiciones de poder fáctico parecen que intentan retrotraernos a épocas que creíamos definitivamente superadas. Lo único que consiguen a corto plazo es inflar un clima de crispación y a medio acumular desprestigio y entorpecer su legítima función social.
En la medida que los ciudadanos hagamos de la participación y no del consumo, el pivote de la libertad, todas estas maniobras fracasarán antes. Nos habremos convertido en adultos, no comulgaremos con ruedas de molino y seremos capaces de cribar con criterios personales las ofertas fariseas o saduceas con que nos bombardean.