Un amigo ribereño y concejal tuvo la ocurrencia de ser policorrecto y, en vez de picadura selecta y por la cosa del cáncer de pulmonada, regaló con gominolas a sus jubilados. Se le revolvieron, oiga, los octogenarios, digo, de puro pillados que están, venga meterse fumarolas con el dominó y el cafelito que no hay quien los pare. «Cagüen diorobaco, qué quieres, fumanchú», le dijeron, «¿que nos volvamos a meter hojas de patata como cuando la autarquía?».
Y es que aún están por la labor de sus Ideales sin darse cuenta de que cualquier día los pringa el enfisema. Como yo, que prefiero cascar por el canuto que no por el detergente que me mata en la lechuga, el mercurio que me asesina en el pescado, el insecticida que me aniquila en el tomate, el plomo que me devora por la calle, el calentón ozónico que me corroe la dermis, el enfriamiento global que jode el planeta o el imparable progreso armamentístico de la religiosa humanidad. Me conformo con un Cohíba y con no echar el humo en las narices de los demás, o sea, con eso del Respeto.
Así que mientras nuestros hijos se embuten en crack, alcohol de garrafón y pastillas asesinas de cerebros yo voy a seguir prefiriendo una breva murciana con un copazo de ron negro para animarme la hepatitis. Y que le den por saco a la hipocresía. Por cierto, ¿para cuándo un repasito a la industria automovilística? Ésa sí que deja pellas en la Seguridad Social.