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Lunes, 2 de enero de 2006
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El año del ecuador
ACABAN de cumplirse dos años de la formación del 'tripartito' que gobierna la Generalitat catalana y dentro de cuatro meses la legislatura estatal llegará a su ecuador. Y esta inflexión simbólica, que en teoría marca una divisoria a partir de la cual las miradas ya se vuelven inexorablemente hacia las elecciones futuras, se ubicará en un año, el 2006, que transcurrirá excepcionalmente, en principio y salvo adelantos, sin consulta electoral alguna. El año que ahora empieza sitúa al Gobierno socialista de Zapatero pugnando por remontar en las encuestas que parecen haberle vuelto la espalda tras una etapa dulce a su llegada al poder. Pero la apertura del proceso de reforma del Estatuto de Cataluña precedido de proclamas de soberanismo desde el propio socialismo catalán y sus socios de ERC le llevaron a un terreno donde ha ofrecido la impresión de conducirse con inseguridad proyectando incertidumbre en un tema tan delicado como el modelo de estado y la integridad constitucional. La cuestión territorial está completamente abierta en su flanco catalán, y se desarrolla en un clima de confrontación en lugar de consenso como sería exigible entre los dos grandes partidos. En lo que concierne al proyecto de reforma del Estatuto de Cataluña aunque el acuerdo es altamente probable porque los nacionalistas querrán aprovechar la oportunidad de conseguir más autogobierno hasta los límites de lo constitucionalmente posible las divergencias internas dentro del PSOE proyectan la sombra de un importante desgaste en el Ejecutivo hasta que se logre cerrar el nuevo acuerdo estatutario. El problema vasco, innegablemente vinculado al proceso catalán, permanece de momento estancado y ninguno de los esperanzadores presagios que ha sugerido el presidente del Gobierno parece tomar cuerpo. Más bien se acentúa la sensación de que es altamente ingenuo pretender que ETA claudique sin contrapartidas antes de haber sido derrotada. La suerte futura y las expectativas electorales del Gobierno -y también de las fuerzas de oposición- dependerá sobre todo del desenlace del debate territorial en sus dos principales vertientes, la relativa a las tres comunidades históricas y la que hace referencia a la armonía del conjunto.

El PP ha jugado con habilidad sus bazas de oposición aprovechando los puntos débiles de la mayoría, vinculada a sus clientelas y comprometida por sus promesas electorales. Pero esta estrategia de desgaste, que le ha resultado productiva en la fase inicial de la legislatura, deberá ser revisada a medida que se aproximen las citas electorales, en las que la ciudadanía no sólo pondera los balances objetivos sino otros muchos factores: la capacidad para conectar con la sensibilidad colectiva, la calidad de las propuestas, incluso la simpatía, la empatía y la calidad humana de los líderes. Y también su capacidad de conseguir y consumar consensos, de proponer soluciones constructivas, de cristalizar ilusión.



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