El hogar, un juego de rol para padres e hijos

El hogar, un juego de rol para padres e hijos

Un truco para convertir las tareas domésticas en una forma divertida para que padres y madres pasen más tiempo junto a los hijos es convertirlas en un juego

LINDA ONTIVEROS

Ordenar los juguetes, ayudar a poner y recoger la mesa, doblar la ropa limpia y guardarla en los cajones, limpiar mesas y barrer el piso son algunas de las actividades diarias que pueden convertirse en lúdicas para que los niños se incorporen y participen en ellas junto a su padre o su madre. Para convertirlas en juego apenas hace falta un poco de imaginación. Por ejemplo, organizar una competencia de rapidez en la recogida de cosas, convertirse imaginariamente en grandes máquinas recolectoras e incluirlas en una fábula o un cuento, son algunas de las estrategias que funcionan con los niños.

«El juego se constituye como la primera estrategia cognitiva del ser humano, presentándose como la experiencia simbólica por excelencia para aprehender el entorno circundante y representar el mundo», explica Marisol Valado Rodríguez, psicóloga clínica. «A través del juego el niño se expresa, crea, elabora situaciones y se regocija».

La etapa del juego empieza desde los primeros meses. Al principio, observa, manipula, succiona y muerde los objetos a su alcance, y conoce su propio cuerpo. Poco a poco, los niños organizan experiencias y establecen conceptos cada vez más complejos por medio del juego. «Desde el punto de vista evolutivo hay diversas etapas, y en cada etapa se van adquiriendo diversas destrezas cognitivas y formas de interactuar y de comunicarse. En su juego, el niño intenta comprender e integrar dentro de sí mismo las normas y valores de su cultura. Jugando con otros niños amplía su capacidad de comprender la realidad de su entorno social», mantiene Valado Rodríguez.

Hasta los dieciocho meses, el juego proporciona ejercicio funcional, desarrollo de destrezas manuales y placer ligado al dominio. A partir de esta edad, le atraen juegos más complejos, como encajar objetos de formas y colores, y empiezan a imitar: acunar, pasear, columpiar, peinar, bañar a los muñecos. «Entre los 3 y 6 años, representan imitativamente el mundo adulto mediante una especie de “juego socio-dramático”: se despierta un interés creciente por el mundo de los adultos y lo “construyen” imitativamente, lo representan. El niño representa el mundo a su manera (juegos, imágenes, lenguaje y dibujos fantásticos) y actúa sobre estas representaciones como si creyera en ellas. Se inicia así el juego simbólico, que declina hacia l2 años, cuando comienzan a orientarse hacia la representación imitativa cada vez más ajustada a la realidad».

Ahora bien, ¿qué elementos debe tener una actividad, sea doméstica o no, para que atrape al niño y se convierta en un juego? «No es necesario contar con grandes cosas», explica Valado Rodríguez. «A veces con folios y colores, o pequeños juguetes es suficiente. Elaborar historias o dramatizar ciertos papeles puede ser suficiente para que un niño despliegue su fantasía y juegue».

Más que la cantidad de juguetes y de horas dedicadas, lo importante es la calidad del juego. «Hay que entender que el juego nos acerca a nuestro hijo, que los niños anhelan ese tiempo con los padres», concluye Valado Rodríguez. «Cuando estamos jugando debemos tomarnos el tiempo para estar ahí, para escuchar, compartir y disfrutar con el niño».

Dos ideas por edades

Para convertir las actividades diarias en juegos hay que tener en cuenta la edad y los intereses particulares de cada niño. La psicóloga clínica Marisol Valado Rodríguez recomienda:

-El primer año:

Hay que estimularle con actividades que impliquen colores, formas, texturas, así como sonidos (canciones) o movimientos (bailar, juegos de manos). Tirar las cosas

al suelo, oír el ruido al caer y ver cómo vuelven a aparecer cuando los padres las recogen, le volverá loco de contento. El bebé no necesita juguetes especiales, o mejor dicho, puede convertir cualquier cosa que le llame la atención en un juguete. Lo principal a tener en cuenta es que la figura de papá y mamá en el momento del juego son insustituibles. El tiempo que los papás juegan con el bebé se convierte para éste en lo más preciado. Al mismo tiempo es bueno para su autonomía que se acostumbre a que hay ratitos del día en que debe jugar solo.

-A partir de los 3 años:

Les agrada imitar a los adultos, algo que se puede aprovechar para involucrarlo en la preparación de comidas. Por ejemplo, preparar galletas. Así aprende a colaborar en casa y percibe que su ayuda es importante para los padres, pero al mismo tiempo puede ser una actividad muy divertida, pues le permite mezclar materiales, amasar, jugar a hacer formas. El adulto tiene que permitir el juego, entender que habrá más desorden o cosas por limpiar, y sobretodo disfrutar.

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