Vuelve la inmigración

No deja de resultar paradójico que uno de los grandes retos a los que deberá enfrentarse La Rioja, y como ella el conjunto del país, en los próximos años sólo sea capaz de asumir coyunturalmente cierto protagonismo en el debate político y mediático: hablamos del crecimiento demográfico. La crisis de la natalidad, por un lado, y el cambio de tendencia en los movimientos migratorios durante los años señalados por la crisis económica (2008-2015), por otro, han abonado un futuro que no solo anuncia un paisaje social envejecido sino que se adentra en un calado mucho más profundo y grave en tanto que se refleja en un ámbito de la trascedencia y sensibilidad de las pensiones. Por eso es una buena noticia que el 2016, el último año sobre el que hay estadísticas oficiales en la región, haya cerrado con un saldo migratorio levemente positivo, algo que no ocurría desde el 2008. Y es que a falta de otras políticas más agresivas y efectivas que sean capaces de fomentar la natalidad, la variable migratoria se antoja imprescindible como paliativo contra ese asunto del que apenas se habla pero está ahí y va a condicionar la viabilidad futura del sistema de protección social.

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