No vuelva usted mañana

PIEDAD VALVERDE

En el barrio en el que vivió mi padre hasta su muerte hay dos bares. Si tenías que buscarlo y no estaba en casa, lo normal es que estuviera en el Mónaco o en el Royal.

En cualquiera de estos establecimientos daban rápidamente escarte de él y así lo encontrabas jugando a las cartas o al dominó. A pesar de los nombres tan rimbombantes, como se imaginarán ustedes, les hablo de la clásica taberna en la que, normalmente, sólo hay hombres mayores.

Algunas de esas veces, cuando me quedaba esperando a que mi padre terminara la partida, pude comprobar que el corrillo de los parroquianos se parecía bastante a las tertulias de la tele. Y no hablan sólo de fútbol, sino de política, de economía y de lo que se les ponga por delante. Digo esto así porque, aunque es un barrio obrero y tradicionalmente votante de izquierdas, la mentalidad que tienen muchos de los vecinos en temas como los derechos de la mujer o de los extranjeros deja mucho que desear. Digamos que, después de estas partidas, era fácil discutir con mi padre por lo que oía a sus contertulios en cualquier materia. Eso sí, mi padre, igual que los niños, iba al día siguiente y les rebatía con los argumentos que le dábamos los hijos, aunque sin mucho éxito.

Para que se den una idea, mi padre, al principio,se opuso radicalmente al matrimonio entre personas del mismo sexo pero cuando le argumenté que en el algunos casos no tenían derecho ni a entrar al hospital a ver a su pareja él, que era muy compasivo, cambió de opinión.

Pero el colmo llegó cuando en una de esas ocasiones, me soltó que lo que pasaba en España era culpa de los funcionarios. Yo le pregunté si sabía que sus dos hijas, tres yernos y una nuera eran funcionarios y él contestó negando la cabeza. Que no eran funcionarios que eran policías, profesores y otras cosas similares. Le expliqué entonces que los funcionarios garantizan un servicio público y cómo siempre necesitaba ejemplos fáciles de comprender, le narré el caso de dos enfermeros que él conocía. Ellos siempre contaban que preferían trabajar en la sanidad pública que en una empresa que debía tener beneficios a toda costa, por ejemplo haciendo más pruebas de las necesarias al paciente o escatimando con el material para ahorrar como les pasaba a sus compañeros de la sanidad privada. Le convenció definitivamente las trabajadoras sociales de ayuda a domicilio que tan bien lo trataban.

Y ya se imaginan ustedes que le calentaría la cabeza, como él decía, con algún ejemplo más que demostrara la necesidad de los servicios públicos. El caso es que mi padre, al día siguiente defendió en el bar, punto por punto, todo lo que yo le había dicho y le puso tanta pasión que, parece ser, y sin que sirviera de precedente, los compañeros le dieron la razón.

Era normal que no supiera exactamente lo que era un funcionario y que se sumara a la moda de echarles la culpa en tiempo de crisis porque mi padre era una persona con educación pero sin instrucción, que trabajó toda su vida como albañil. Pero estoy segura de que si aún viviera no le importaría ir a charlar amigablemente con Juan Ramón Liébana, de la asociación de empresarios de la construcción, que ha hecho unas declaraciones donde se queja de la «perniciosa desidia funcionarial», culpando a los empleados públicos de todos los problemas de los empresarios constructores. Mi padre le explicaría la importancia de que en una ciudad haya trabajadores públicos o funcionarios municipales que, y esto es muy importante, no trabajan al servicio de los políticos sino de los ciudadanos. Pero como mi padre era hablador, seguramente y aprovechando que eran del mismo gremio, le hubiera contado su vida, en concreto su experiencia personal con un constructor de mi pueblo que lo tuvo trabajando sin asegurar, lo que se descubrió cuando un accidente le dejo cojo para toda la vida. Y ya metidos en harina le habría añadido que, cuando se denunció esta situación hasta le pusieron un detective privado que le seguía para ver si estaba realmente impedido.

A pesar de este detalle, yo no he pensado nunca que todos los empresarios de la construcción tienen a sus empleados sin dar de alta o que pagan en dinero negro, como otros casos cercanos que conozco.

Por mi parte animo a los constructores a volver mañana mismo a las dependencias municipales porque, no me cabe duda de que se solucionarán sus problemas, ya que los funcionarios trabajan para eso. Pero, dicho sea de paso, si es para descalificar a los trabajadores municipales no vuelva usted mañana. Ni mañana ni nunca.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos