VIVA FRANCIA

PABLO GARCÍA-MANCHA - MIRA POR DÓNDE

La imagen era sencillamente impresionante. El féretro del teniente coronel de la gendarmería Arnaud Beltrame envuelto en la bandera de la República Francesa y a sus pies, Emmanuel Macron, en silencio, clavado como el mástil de una bandera al suelo. Los dos sobre el pavés del patio adoquinado de Los Inválidos, en el corazón de París, que es casi lo mismo que decir en la zona cero de la libertad. El presidente de la República le impuso la Legión de Honor. Llovía mansamente, se masticaba el dolor en cada una de las gotas que caían en el elegante abrigo negro del presidente. Silencio absoluto. La guardia de honor acompañaba el acto y la mirada de Macron parecía ensimismada en el infinito de la memoria del policía muerto en un instante violado apenas por el tañido de los tambores y las cornetas de ordenanza. La 'grandeur' gala en su máxima expresión de respeto al héroe nacional que intercambió su vida para salvar la de una mujer que el terrorista Redouane Lakdim mantenía como rehén en un supermercado de Trèbes. «Era uno de esos hijos que Francia se enorgullece de tener», dijo Macron. Y fue más allá, porque «la ejemplaridad estaba en el seno de su compromiso». En España jamás he visto un homenaje de estas características a un policía muerto en acto de servicio, como si aquí sintiéramos vergüenza de los que nos defienden de la barbarie del terrorismo. Me hubiera gustado ser francés, sentirme orgulloso de mi bandera y de mi presidente. Tardaré, si es que lo consigo, olvidar el ataúd de Arnaud Beltrame y su magnífico ejemplo. La soledad brutal y acongojante de esos instantes, la lluvia que caía sobre la bandera y el presidente orgulloso de su país.

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