Una visita histórica

JOSÉ MARÍA DE AREILZA

Los Reyes de España han transmitido a lo largo de esta semana en Londres y Oxford una imagen moderna e incluso pujante de nuestro país. En una Gran Bretaña plagada de incertidumbres y sin un liderazgo político claro, la visita de Estado ha sabido equilibrar la proyección de nuestros intereses y valores con la labor de tender puentes y de afirmar los muchos lazos que unen a los británicos y los españoles. Ha sido posible gracias a la preparación meticulosa de cada gesto, discurso y entrevista y a la entrega y al espíritu de servicio de los monarcas.

La tarea de los Reyes en este viaje de Estado no era nada sencilla: España se juega mucho en el envite del Brexit. La mitad de las grandes empresas españolas han hecho grandes inversiones en el Reino Unido y cientos de miles de españoles viven y trabajan ahí, además de los que estudian en sus colegios y universidades. El número de residentes permanentes británicos en algunas zonas de España es muy elevado y muchos se sienten tan españoles como ingleses. Por otra parte, la contribución británica a la economía europea y a la seguridad y defensa del continente es de primer orden y su retirada de la UE se hará sentir.

Cualquiera que conozca por dentro la situación actual del Reino Unido advierte que por primera vez en muchos años la clase dirigente se hace muchas preguntas que simplemente no sabe resolver. La economía ha empeorado tras la decisión de Brexit y las elecciones del 8 de junio han dejado al gobierno conservador en minoría, sin que el laborismo sea hasta el momento una alternativa del todo creíble y el partido liberal recupere peso. Un año después del referéndum de salida de la Unión Europea, la mayoría de la sociedad de hecho es favorable a la permanencia. En especial esta opción es la más popular en la generación más joven, en los grandes núcleos urbanos y entre las personas con estudios universitarios. Pero no hay líderes capaces de articular este mensaje y convertirlo en una plataforma política. Los ataques terroristas recientes y el devastador incendio de la torre Grenfell en el barrio londinense de Notting Hill han aumentado el sentimiento de preocupación ciudadana. Mientras el resto de la UE tantea un relanzamiento de la integración en torno al buen entendimiento entre Angela Merkel y Emmanuel Macron, la diplomacia británica, una de las mejores del mundo, tiene que centrar sus esfuerzos en la tarea ingrata y ardua de pactar contrarreloj los términos de la ruptura y busca minimizar los riesgos de perder la posición central que ocupaba en Bruselas.

En este contexto difícil, el Rey de España defendió ante miembros del Parlamento una relación permanente de colaboración y confianza entre los dos países, por encima de los avatares de la historia y sin ignorar los asuntos en los que hasta ahora no ha habido un gran acuerdo. En la cena en el palacio de Buckingham, en la que el protocolo británico se volcó con los invitados españoles, el Rey evocó sus lazos familiares con la familia real británica y desde esta cercanía transmitió su admiración hacia el liderazgo y el ejemplo constante de servicio a su pueblo de la reina Isabel II. Afirmó su solidaridad en la lucha común contra el terrorismo y subrayó cómo España y Reino Unido comparten la misma civilización europea. En la universidad de Oxford, el discurso final del Rey ha subrayado el ideal cosmopolita de una ciencia sin barreras, para que las ideas y los avances en el conocimiento se contrasten y compartan, como se hizo desde la fundación de las primeras universidades europeas.

El contraste de lo sucedido estos días es notorio con la visita de Estado anterior, en octubre de 1988, cuando Isabel II vino a España. El Reino Unido pesaba entonces decisivamente en la Comunidad Europea, en la que acabábamos de ingresar. Gracias al tesón de la primera ministra, Margaret Thatcher, su país tenía una verdadera relación especial con Estados Unidos. El entendimiento de la apodada Dama de Hierro era pleno con el presidente Reagan en cuestiones económicas, de defensa y seguridad y ambos líderes estaban dispuestos a ganar la guerra fría. La venerable democracia británica se situaba a la cabeza del mundo libre y moldeaba de acuerdo con sus intereses buena parte de la integración europea. España atravesaba una fase de modernización, europeización y asentamiento de la democracia, en la que agradecía el apoyo de los grandes Estados miembros del entorno comunitario. Veintinueve años después, nuestro país enfrenta sus problemas, algunos de gran calado, desde la moderación y un sólido europeísmo. Sobre estas bases, los Reyes han proyectado en su visita al Reino Unido la amistad y el apoyo de un país aliado que comparte valores occidentales e identidad atlántica.

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